Una noche MO

Mandarin Oriental, Barcelona (España).

Eros me hace feliz y, esta vez, ambos nos dimos un homenaje. Yo también necesito que me mimen.

All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez
All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez

Es lunes. Me levanté con ganas de Barcelona. La atracción es muy fuerte. Desayuné, pero seguía con apetito. ¿Qué hago? Salimos a dar un largo paseo por la Casa de Campo (Madrid). Eros corría feliz por un parque secreto repleto de hojas secas. Hacía un día estupendo, frío pero con sol, y pensé que sería divertido improvisar un viaje juntos. Así, sin más. Después de llevarlo a que lo revisara su veterinaria de Veter Salud, preparé el equipaje y nos fuimos en un taxi a la T4 (tarifa plana, 30 €). Quizá este tipo de escapadas pueden parecer algo surrealistas, a mí me ha gustado hacerlas siempre, pero era la primera vez  que lo hacía en compañía de Eros.

De camino a Barajas, saqué los billetes a través de Vueling. No tardé ni cinco minutos (trayecto de ida, 123,59 € con mascota). Lo mejor hubiese sido coger la primera fila, porque tiene un espacio estupendo para el transportín. Demasiado tarde, no había disponibilidad. ¿Y dónde nos quedamos a dormir? Estas preguntas me las hacía mirando a Eros, pero él rara vez me ayuda en algo. No sé por qué, pero me vinieron a la memoria los patos mandarines que había visto por primera vez en libertad, días atrás, en un estanque en Salzburgo. ¡Me fascinan! Desde pequeño, estando en Argentina, soñaba con verlos de cerca algún día. Con esa instantánea, capté el mensaje de belleza, y surgió en mis pensamientos el nombre: Mandarin Oriental. A veces soy rápido y capto las señales enseguida. Con una llamada hice la reserva (HD a partir de 425 €).

All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez
All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez

Estaba emocionado, la sensación de viajar por primera vez se hace presente. ¿Será la inmediatez de mis decisiones? Sentirme libre como un pato me fascina. Al llegar a la terminal, nos dirigimos a uno de los tantísimos mostradores de Vueling —al ir con perro no puedo reservar asiento ni hacer check-in on-line—. Con Eros en el transportín y debajo de mis piernas, embarcamos en el Airbus 320-200 de Vueling con rumbo a Barcelona. Después de aterrizar, como la tripulación de cabina es siempre tan atenta, esperé a que bajaran todos los pasajeros y le hice una foto a Eros con las azafatas (no tienen permitido hacerlo durante el vuelo).

Es mágico, tres horas después, de aquella idea que tuve en el parque por la mañana, nos estaban abriendo la puerta del taxi dos caballeros que, con una sonrisa, nos dijeron: “Bienvenidos al Mandarin Oriental”. Hay que tener presente que los taxis en Barcelona no pueden cobrar extra alguno por llevar perro, lo repetiré siempre porque varias veces han intentado robarme. Como llovía, ambos señores llevaban paraguas abiertos. Estos objetos aquí son especiales, son negros y en su interior brilla el sol con nubes blancas. Puede sonar algo ambiguo, pero me siento protegido por un cielo de René François Ghislain Magritte. Sin mojarnos y como si fuera a bordo de un jet Gulfstream, accedimos por medio de una rampa al lobbie, olvidé la carga del equipaje gracias a la gentileza de un portier. La serenidad, alegría y elegancia me hicieron sentir como si estuviera entrando en la casa de mis abuelos. Ellos no están vivos pero en estos momentos los tengo muy presentes, eran extremadamente elegantes y sofisticados. En cuanto al hotel, recibimos gentileza, atenciones y respeto acompañados de una sonrisa.

De bienvenida me ofrecieron un té exquisito mientras realizaba el check-in. Eros ya estaba jugando con todo el equipo de la recepción. Nos dirigimos con mi butler, el señor Hendrik Rouvroy, al ascensor. Aquí están revestidos en bronce por dentro y por fuera, parecen una cámara acorazada de un banco suizo. Yo aún no he estado en ninguno pero mis abuelos sí y recuerdo que me contaban que eran como santuarios.

Subimos a la segunda planta. Estábamos en la zona recientemente creada por Patricia Urquiola. Me hacía, además, mucha ilusión estar aquí, porque sabía que las telas que la decoradora utilizó son de Gancedo, una firma amiga a la que adoro.

“Patricia Urquiola, en su proyecto, siempre ha querido conseguir los efectos con telas de texturas. No le gustan los estampados. Los sofás y puffs están vestidos con tejidos de lana y terciopelo mohair. Todo es de primera calidad y ha jugado con las estructuras de los tejidos. Las telas otorgan a la habitación un ambiente acogedor, un tanto minimalista, pero a la vez con ese punto de color, violeta, naranja, pistacho… El papel de los baños es una imitación de una espiga. Parece tela, pero es un revestimiento de papel vinílico muy resistente.” Beatriz Gancedo 

Con entusiasmo y como si fuera a descubrir un gran regalo, al entrar no sabía donde acababa la Suite Estudio que me asignaron (52 m²). Mirando sobre Passeig de Gràcia, primero, me senté a limpiarle a Eros las patas con toallitas húmedas. Lo hago siempre que volvemos de la calle. Después de premio, le doy un trocito de Greenies (solución para la higiene oral). De un salto, fue a inspeccionar mis nuevos dominios y bebió del bebedero agua mineral. Enseguida empezó a montar su cama. Está como un adolescente: ¡agotador! A mí no me incomoda, la naturaleza lo esta preparando para su futuro papel de procreador. Es algo habitual para los que tenemos un macho. De todos modos, lo corregí (dándole un toque) para no incomodar a Hendrik. Fue cómico y, claro, nos reímos. Me ofreció traerle comida balanceada o que le podían preparar lo que quisiera en la cocina. Le dije que no hacía falta que se tomaran la molestia, ya que normalmente no sale de su dieta (que es a base de la premiada marca Orijen, una casa biológica de Canadá). También me hizo saber que, en el caso de que surgiera un imprevisto, él me pondría en contacto con un respetado veterinario de Barcelona para que lo atendiera incluso en la habitación.

Una vez equilibrado el ambiente, pude apreciar el espacio con tranquilidad. Los techos eran altos, paneles de cristal opaco aumentaban la sensación de infinito y tenían reservado un vestidor a la izquierda, que se encendía a través de sensores y, a la derecha, el baño y separada, la zona de WC (completo).

All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez
All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez

En el salón, sobre una de las dos coffee tables, hay un libro de la obra de Gaudí. En la otra, tenía una carta de Gérard Sintès (director general del hotel), dándonos la bienvenida junto a unas frutas exquisitas y un lingote de chocolate blanco personalizado con el icónico abanico del Mandarin Oriental bañado en oro. Llevaba orejones y pistachos. ¡Exquisito! Estaba tan bueno que sabía a un primer beso. Me encontré sobre mi cama otro chocolate. Soy un apasionado del chocolate (pero es un alimento no apto para los perros). Este era Noir de Fleur d´Oranger de Enric Rovira y, del creador de olores, Darío Sirerol. 60% de cacao con aceite esencial de flor de azahar de Túnez. Me hizo perder la cabeza.

A la derecha se alzaba un biombo imponente, tapizado y de varias hojas. Era tan inmenso que ocupaba toda una pared y, por la iluminación que tenía, daba la sensación de que por detrás continuaban nuestros aposentos. Orquídeas sobre el bar, dispuesto de maravilla y con todo tipo de delicias de primeras firmas locales e internacionales. Mientras tanto, con mi permiso, Hendrik había puesto el código WiFi en mi MacBook Air y conectado a Mozart en el  Bowers & Wilkins.

Las camas eran dos reinos hermanados de algodón blanco. Sobre ellas, unas muestras de la firma de cremas Linda Meredit, que son la elección perfecta para renovarse después de un viaje. A los pies, dos puffs rectangulares en azul. Eros estaba muy entretenido inspeccionando su nuevo territorio y Hendrik deshacía nuestro equipaje. Después de llevarse para planchar la camisa que utilizaría por la noche, como cortesía del hotel, dejé a Eros y me fui, vestido con un kimono, a nadar un rato en la piscina del spa. Antes de marcharme, siempre le doy un premio especial en este momento: un trozo de galleta de la marca Orijen . ¡Le encantan! Él sabe que con este gesto siempre regreso y se queda de lo más tranquilo.

Mandarin Oriental, Barcelona - Spa Pool

© Tiffany & Co.

Nadar en la piscina de agua templada me relajó. Volví a cerrar los ojos, pero esta vez fuera del agua, porque al salir no quería tentarme con todos los productos y prendas que estaban a la venta. Me encantan los bañadores de Vilebrequin, toda la línea de colonias de Acqua di Parma (los amenities que tengo en la suite son de esta firma), las cremas top de Linda Meredith, de la inglesa ESPA y los productos naturales que tienen. En fin, es una elección magnifica, no hace falta ni salir del hotel. Incluso las mujeres tienen una tienda de Manolo Blahnik y, en la puerta y a pie de calle, están Brioni y Tiffany y el mundo entero a dos pasos de aquí.

All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez
All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez

Sin caer en la tentación, subí a mi habitación, donde había citado a mi fisioterapeuta, Jaume Campderrós (934 874 270, visita/45€). Viajo muy cargado de peso. Como estoy fastidiado, mis cervicales y lumbares se resienten muchísimo. Después de una sesión de una hora, me encuentro mejor. En silencio absoluto (me encanta), me quedo relajado en la cama leyendo mientras Eros se entretiene con su Kong, esta vez le traje el modelo classic. Éste precisamente ha sido el modelo de referencia de los juguetes para perros durante más de 30 años, es de goma natural roja, rebota súper bien y es perfecto porque a Eros le gusta masticarlo. Lo tiene hace cinco meses y está como nuevo.

Por la noche me encontré con mi madre, que estaba esos días en Barcelona, y fuimos a cenar al BistrEau by Ángel León, lo llaman el Chef del Mar (pone en valor los recursos de la Bahía de Cádiz). Mientras disfrutábamos de un momento culinario en el bistró, Eros estaba entretenido en la suite con su dog sitter, Hendrik, al que le había entusiasmado el plan, y con su juguete Kong. Cenamos tan rico, acompañamos los platos con Sant Aniol, una agua mineral de pureza volcánica que fue todo un descubrimiento para mí (es la misma que bebió Eros)  y una copa de Dido “la Universal” Montsant 2012 (agricultura sostenible). La carta tiene un diseño muy atractivo, es fresca, mediterránea. Habrá que volver para probar otros platos.

All images are under copyright © Christian Oliva-VélezLlame a mi mayordomo (tengo línea directa con él) y, como todo estaba en orden, me fui con mi madre al Banker´s Bar. Aunque el bar ofrece una amplia carta de cócteles a nosotros nos apetecía más agua volcánica y conversar. Es un sitio muy curioso, particular, el edificio fue antes un banco y han conservado varias cajas fuertes originales que están dispuestas en la pared de la entrada y en el techo. El ambiente es intimista, moderno y elegante. Me gustaría volver un miércoles que es cuando hay música en directo.

All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez

Al llegar a la habitación, Hendrik, como había estado atento a mis gustos, y para cerrar la noche más feliz, aun si cabe, me entregó tres chocolates personalizados y rellenos de frutos rojos: ¡deliciosos! Me dijo que se había entretenido con Eros gracias a su juguete Kong,  él lo adora. Antes de que se marchara, aproveche para pedirle un desayuno a la carta para que me lo sirvieran en la habitación y así no lo dejaba solo a Eros. Antes de acostarnos, dimos un paseo bajo la lluvia por Passeig de Gràcia, a estas horas se ven pocos turistas, es un placer. Nos cruzamos con gente del barrio con sus perros, saludamos a todos y  contemplé la Casa Batlló iluminada. Para recoger los excrementos de mi perro llevo conmigo bolsas biodegradables negras, en esta zona no he visto sanecanes (contenedores de basura con dispensadores de bolsas).

Hay tantas Barcelonas como queramos pero esta es Mandarin Oriental

All images are under copyright © Christian Oliva-VélezComo si estuviéramos en nuestra casa, regulé a mi gusto la intensidad de luz general con el dimmer (que se encuentra en el hall de entrada). Lo sequé a Eros con el secador de pelo, al estar tan cerca del suelo, siempre que llueve se cala integro, y lo limpie con las toallitas. Tan solo me lleva cinco minutos dejarlo listo para dormir. Pulsando un botón, situado en mi mesa de noche con la figura de un hombrecillo, llamé a Hendrik para que viniera —éste práctico sistema me recordó a la casa de mis abuelos, donde había un timbre en cada espacio para comunicarse con el servicio y también a la de mi tío, que tenía teléfonos por doquier para poder comunicarnos entre nosotros o con la ama de llaves: nada de estar gritando—. En esta ocasión, necesitaba conectar mi portátil a la televisión para ver una película. Con todos los deseos cumplidos, hasta ahora, por que me quedo con ganas de conocer la cocina de Carme Ruscalleda en Moments (dos estrellas Michelin), volví a ver la película Un viaje de diez metros. 

Dormimos los dos como angelitos, yo debajo de un edredón de plumas de ganso y Eros sobre su cama. El sueño no podía estar mejor protegido que en el Mandarin Oriental. Al despertar, hice mis āsanas sobre la colchoneta de yoga que hay en la suite. Me encanta hacer mis ejercicios de estiramiento, los hago hace veintiún años, y siempre que Eros se despereza me enternece. Justo a la hora prevista sonó el timbre. El room service avanzó con una gran mesa de desayuno. Como sucede en los trucos de magia, el camarero fue desvelando los alimentos más importantes del día y, con júbilo, Eros le rogó que le diera algo y, en su lugar, recibió un montón de caricias. Una vez que terminé de desayunar, le di a Eros su ración de Orijen (que también son alimentos de primerísima calidad) y un poco de manzana, que le gusta mucho.

All images are under copyright © Christian Oliva-VélezDespués de mi ritual matutino, que dura dos horas, como estaba muy a gusto, me quede a pasar el día leyendo y escribiendo sobre la fabulosa mesa diseñada por Patricia Urquiola. Mientras tanto, Eros había salido a pasear unas horas con un butler del hotel. Gracias al servicio legendario y a la lujosa hospitalidad de Mandarin Oriental (atesora todos los premios y reconocimientos internacionales que una cadena pueda llegar a desear), descansé.

Al partir, todos me felicitaron por lo bien que se había portado Eros, lo bueno y cariñoso que era. Con tantas atenciones recibidas, y como afirma el claim del Mandarin Oriental, creo que repetiremos y no dudo de que, en un futuro, mi mascota también se sumará a sus selectos huéspedes y entonces diremos: Él es fan.