Los caprichos son sagrados: Fin de semana Ritz

Cuántas veces había deseado pasar unos días en este palacio. Esperaba una ocasión especial y surgió la oportunidad estando mi madre y Eros. Sí, nos vamos con mi compañero de cuatro patas al Ritz, que siempre está a la última: es dog friendly. 

All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez

Ensimismado, qué espectáculo, todo parece formar parte de un vals de Johann Strauss. Con el Danubio Azul en mi cabeza, de repente aparece Eros como loco de felicidad. Me asombró. Llegamos a la suite y fue directo a la zona que le tenían preparada el equipo del Hotel Ritz Madrid Belmond, que estaba en el salón junto a la chimenea. Allí encontró su cama, azul como el cielo de Madrid, con el logo del hotel bordado en dorado y su nombre escrito con huesos de colores y un tronco amarillo de juguete como regalo. Además, unos premios, bowls y agua mineral Solan de Cabras. Eros tiene un olfato muy superior al nuestro y, aunque sé de sobra que lo tiene, estas demostraciones de su cualidad olfativa me siguen fascinando. Con tantos mimos, él también se sintió como en casa. Ahora está disfrutando del tronco, corriendo por toda la suite.

Estamos en la habitación 507, una Suite Deluxe (795€/ sin desayuno) de unos 90m², que ocupa casi toda la esquina noreste de la quinta planta, justo nuestro salón está debajo del cartel luminoso: Ritz. Es elegante, espaciosa y tranquila. Suben el equipaje y lo colocan en los amplios armarios, doy las gracias haciendo entrega de la correspondiente propina. Entre todos los detalles de bienvenida, después de leer las cartas de rigor, del director y su equipo, hay un pastel de almendras en el salón. Aunque está envuelto en papel de celofán, atado con un lazo, tiene todo el aspecto de ser casero, se lo ve esponjoso e imagino su aroma. Lo probamos después y estaba exquisito.

Ritz Madrid

Con tantas atenciones y al haber viajado un poco y visitado algunos hoteles, definitivamente el Ritz es símbolo de buen gusto y es uno de los iconos de gran lujo intemporal más reconocidos de Europa. Alfonso XIII fue el monarca que le dio a Madrid el hotel más elegante de la ciudad. El Ritz y la ciudad de Madrid viven un idilio apasionante desde 1910 y el 2 de octubre cumple 105 años. Fue obra del arquitecto Charles Mewes, el mismo que creo los de París y Londres. Con minuciosidad, mantienen impecables las alfombras creadas por la Real Fabrica de Tapices (que además se renuevan cada 20- 30 años). El  mobiliario, espejos, lámparas y adornos de estilo Belle Époque, las láminas de temática costumbrista, el mármol blanco del baño y las flores frescas en cada espacio convierten a la 507 en nuestra nueva residencia: perfecta para vivirla. Todo transmite optimismo. Quizás alguno no conocía su historia, el Ritz deslumbró a Madrid y sigue enamorando. Por ello, me parece apropiado hacer esta presentación.

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El equipo del hotel personalizó la habitación con ozono durante 20 min. La gobernanta, Irene Pazos, tiene un papel fundamental. Sentí que estrenaba la habitación. El ambiente había sido purificado, la temperatura era acogedora y estaba impecable, todo colocado con mimo. Es un placer, yo en casa no tengo a Irene ni a Mary Poppins pero me gusta que también esté así. La selección de almohadas es amplia (10) y las sábanas de lino irlandés (el tacto es inmejorable), con el anagrama bordado en seda, son fantásticas. El doble acristalamiento de las ventanas crea la sensación de estar en una burbuja aislados del mundo, ¡qué placer! El staff, que es como una gran familia y que muchos llevan varias décadas trabajando aquí, hace que la estancia sea aún más agradable. El trato que recibimos es personalizado, cercano y afectuoso, da gusto pasar el día en el hotel. ¿Para qué salir? Clara López es la directora de alojamiento y la he felicitado. Esta claro que los Belmond son profetas en el mundo del lujo, toda su colección de propiedades son auténticas obras de arte: admirables.

Ritz MadridDejamos nuestra confortable residencia temporal y salimos, por la legendaria puerta giratoria de cuatro aspas, a recorrer el Triángulo de Oro en el barrio de los Jerónimos, es un nuevo territorio para Eros. Pasamos por la casa donde vivió y escribió el renombrado escritor búlgaro Dimiter Dimov en 1943, dejando a nuestra izquierda la Bolsa de Madrid y el campo de lealtad, una plaza con obelisco en memoria de las víctimas del 2 de mayo de 1808, y subimos por  la calle Antonio Maura, donde vivió la filósofa María Zambrano y donde también está una sede de la embajada de Bélgica. Giramos por Ruiz de Alarcón, al fondo esta el Salón de los Reinos. En el número 12 vivió Pío Baroja hasta 1956. Dejamos arriba la iglesia de Los Jerónimos. Bajamos por Felipe IV, donde contemplé la Real Academia de la Lengua y el Museo del Prado iluminados. Eros fue parando en casi todos los árboles del trayecto y en algunos dejó mensajes indescifrables para los humanos. Le dejo que se tome su tiempo, se toma el asunto muy enserio. Llegamos al Paseo del Prado, dejamos a nuestra izquierda Neptuno y doblamos hacia la Plaza de la Lealtad. Entramos nuevamente al Ritz. Éste paseo, que los hicimos a las 08:00 am, no lo habíamos hecho hasta ahora, doy las gracias por poder darlo sin turbaciones.

Ritz MadridLe tengo especial cariño a esta propiedad, ¿se nota? Años atrás, en calidad de marchand y como amigo de la casa, el Ritz fue mi mecenas para presentar aquí, a los medios, las obras de arte de mis artistas. Por otro lado, mis abuelos, tíos y mi madre han sido sus huéspedes desde los años 50. Mucho ha llovido desde entonces, rayos y centellas nos han caído. En esta visita vine con mi madre. Hace años que no lo visitaba y me dijo que el hotel se conservaba tal y como lo recordaba, esto la colmó de felicidad.

Un reloj de mesa del prestigioso relojero Henry Lepaute, apoyado sobre la chimenea de mármol, marcaba la hora exacta. Tenía cita con Fernando Rubio, mi fisioterapeuta en Madrid desde hace 3 años (+34 620 279 212, sesión 1h. a partir de 45 €). Eros le adora y después de que jugaran un rato, nos encerramos en la habitación. Mientras tanto, Eros acompañó a mi madre que estaba muy a gusto devorando los periódicos del día en el salón. Envidiaré siempre lo rápido que lee, es un escáner. Puede leerse una novela en un par de días.

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Después le preparé a mi madre un baño caliente de Acqua di Parma, coloqué rosas amarillas y le serví un té. Ella también se sintió renovada. La dejamos disfrutando y nos fuimos a pasear por el Parque del Retiro. Entramos a los jardines por la Puerta de España, donde comienza la Avenida de Argentina. Para mí, esto es un guiño a la vida que me reconforta. Estábamos encantados de estar aquí. Hay que tener en cuenta que, si te pillan con el perro suelto, te pueden multar (200 €) pero he comprobado, en varias oportunidades, que la policía hace la vista gorda. Entre paseantes y deportistas, algunos con perro, nos encontramos con una escena más propia de Beverly Hills que de Madrid: una perra blanca, con su quiqui rosa y celeste, iba al volante de un BMW X5 teledirigido por su dueño. Con sus pelos al viento, a ella se la veía feliz. Tanto es así que no tuvo ni interés en bajarse para saludar a Eros, fue muy cómico. Me alegra ver cómo la gente se expresa con libertad. Aquí se dan cita personas de lo más variopintas. Llegamos al Palacio de Cristal (1887). Su estructura de metal y cristal me inspiró, años atrás, para idear y dirigir un catálogo de una marca de moda. Para la ocasión, incluí animales (dos galgos rusos y dos tórtolas). Este había sido uno de los escenarios, junto con la Suite Real del Ritz para recrear una Anastasia moderna. Aquí no permiten el acceso a los perros pero se puede apreciar desde fuera: es fantástico.

Al regresar a este reducto de paz y lujo me sentí privilegiado y agradecido. En nuestros aposentos, mi madre estaba lista para irnos. Disfruto viendo lo cómoda que se siente en estos lugares. Es un placer viajar con ella, tiene una clase innata y una humildad admirable. Me siento orgulloso de ella, como tan solo nos vemos una o dos veces al año, estamos siempre disfrutando al máximo de cada segundo. Yo le había dejado al valet que por favor lustrara mis zapatos, es un detalle de cortesía, y encargué que mi traje y camisa estuvieran listos para antes de las 14:00. Para la hora de comer elegí un Príncipe de Gales cruzado, con camisa blanca, corbata azul y pañuelo blanco, un total look de Hackett (pv 15).  Este estampado fue una elección meditada. Eduardo, Príncipe de Gales, fue el fiel mecenas de César Ritz, creador de éste palacio, del Ritz de París y del de Londres, entre otros tantos que conquistaron y continúan enamorando a la crème de la crème del mundo. El señor Ritz era “El rey de los hoteleros y el hotelero de los reyes”. Los Duques de Windsor, amantes de los perros, solían hospedarse aquí, en las suites 511- 512. Por lo tanto, es el traje que me puse para honrar a su historia. Aunque la etiqueta hoy no es estricta, como lo fue cuando el hotel perteneció a la familia Marquet, estoy en un lugar refinado y me apetece  ir elegante.

A propósito, hablando de las personalidades ilustres, en el Ritz me contaron la siguiente anécdota:

Grace Kelly, llegó al Ritz una vez con un pequeño perro, cuya entrada no estaba permitida según las normas del hotel, si bien, en aquel entonces, el director aconsejó a la actriz que lo guardase en su bolso hasta llegar a su suite con el fin de que pasase inadvertido.

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Salió el sol y Eros se fue encantado a pasear con un valet del hotel (25€/hora) mientras nosotros accedíamos al Goya, el mítico restaurante del Ritz. La atmósfera la componen alfombra, cortinas, galones, pasamanerías, voile, esculturas, rosas y mantelería de hilo blanco. Nuestra mesa está junto a la ventana. La hostess sienta a mi madre de cara al salón, que aunque es lo correcto, es un detalle que aprecié. La luz natural ilumina nuestro espacio gourmet, por la noche encienden velas: fabuloso. La suntuosidad del ambiente acompaña a la perfección su cocina. La carta, de color naranja, muy sugerente, despliega un repertorio de platos locales y tradicionales con la influencia de las cocinas vasca y francesa. Después de dedicarle tiempo al menú, y, como corresponde, primero eligió mi madre y luego yo. Comprobé que la materia prima es de la mejor calidad, son productos de temporada y de mercado, además muchos son de la Comunidad (Km 0).  El twist vanguardista que le pone el chef Jorge González resulta inigualable. Disfrutamos de sus platos servidos en vajilla de Limoges y con cubertería de plata, de la firma The Goldsmiths, personalizada. Los entre platos eran miniaturas dispuestas con mimo sobre una pizarra y el aceite de oliva virgen extra Marqués de Griñon, arbequina y serie limitada, es de calidad excepcional. Como responsable de su bodega, la enóloga Gemma Vela, ganadora del Premio Mejor Sumiller de la Real Academia de Gastronomía, me sedujo con un Pujanza Finca Valdepoleo (añada 2011, Tempranillo, Laguardia D.O.Ca. Rioja).

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En una mesa bien dispuesta, elegante, todos los sentidos se potencian y me recuerdan a mi hogar, en casa la mesa se sigue sirviendo así pero personalizada con nuestro apellido. Nos divertimos mucho y me siento muy emocionado estando por primera vez aquí con mi madre y Eros. Culminamos con un sufflé al Gran Marnier (19 €), obra del pastelero, Benjamín Viruel Ramírez. Hace años que no se me antojaba uno, delicioso (menú degustación Velázquez, 6 pasos, una hora, 85 € p/p y el Goya, 9 pasos, 100  € p/p). Nos dejamos asesorar por Mariano Toledo, el primer maître (lleva más de 30 años trabajando para la casa), para que la elección fuera lo más ligera posible.

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El maître acompañó a mi madre al hall y subí a buscar a Eros, en el restaurante no están permitidos los perros. Tomamos el café, donde antiguamente había un Jardín de Invierno, a lado de la estatua de Diana. La espuma de mi capuchino es como una nube, pomposa y blanca, sumergí la cuchara, como bailando pero sin hacer ruido, estoy creando mi propia mousse. Me deje llevar, hice la foto después. Un músico tocaba en un piano de cola negro. En casa escuchamos de vez en cuando música clásica, quizás por eso Eros quiso ir a saludarlo y atravesó todo el hall.  El pianista siguió tocando con su mano derecha mientras le acariciaba con la otra. El ambiente siempre está lleno de vida.

Tanto es así que bajo el concepto “MadRitz”, el Ritz ofrece una serie de programas de actividades pensadas para que los huéspedes se vuelvan locos por el arte, la moda, la gastronomía… Pero nosotros nos quedamos a disfrutar en el Ritz y de los paseos. Nos fuimos otra vez al Retiro, fue un paseo de una hora. Luego los tres dormimos una siesta, hay tradiciones que a veces merecen la pena experimentar. Por lo tanto, como esta era una ocasión especial, había que anunciarlo para proteger nuestro sueño. Como estamos en una pinacoteca de Belmond, no podían faltar Las Meninas. El tema central del famoso cuadro de Velázquez  muestra el retrato de la Infanta Margarita de Austria, colocada en primer plano, rodeada por sus sirvientes, ¨Las Meninas¨. El hotel Ritz puso a mi disposición mi ¨Menina¨ particular, una simpática muñequita de tela (en un lado lleva la “Zzzz” en el delantal), y así informamos que estábamos descansando o no queríamos ser molestados. Por el contrario, si deseaba que hicieran la habitación, tan solo tenía que darle la vuelta.

Antes de cenar, bajamos con Eros a tomar algo en el Bar Velázquez, donde acoge, desde noviembre de 2014, el primer Bar Krug del mundo. Soy un apasionado del champagne y Krug es la única gran Maison que produce Cuvées de Prestige (p/copa Krug Grande Cuvée 50€), se puede acompañar con ostras Daniel Sorlut, jamón ibérico de bellotas o/y caviar. Su boiserie, sillones y sofás de cuero (en rojo y verde), las fotos históricas en blanco y negro, lo convierten en un sitio recogido e intimista. Es como estar en un club. No olvidaré nunca la experiencia de estar aquí degustando una abundancia de sabores, un extraordinario contraste de riqueza y frescura, potencia y finura, con Eros.

Decía Paul Valery, escritor y poeta francés, que Krug era “el champagne que Dios ofrecía a los ángeles cuando habían sido excepcionalmente buenos”.

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Después dimos un rápido paseo y nos recluimos en la 507. Es un placer andar descalzo sobre las valiosas alfombras, de estilo Belle Époque realizadas a mano en pura lana virgen, y Eros disfruta un montón corriendo por aquí, claro, no se resbala y, como para mí, su tacto es muy agradable. Dejamos pasar el tiempo sin inmutarnos. Pedimos room service, cenamos algo muy ligero y exquisito. Bajamos las luces. Mientras estábamos en el salón, como había colocado a mi Menina en la puerta, una doncella vino a preparar las camas, éste es el apreciadísimo servicio de cobertura. Las dos quedaron como cartas abiertas, listas para escribir nuevos sueños y que, por esta noche, los viviríamos en el Ritz. El conocimiento de ésta tarea queda demostrado en los detalles, como por ejemplo: los pijamas fueron colocados a los pies de cada cama y en la correcta, el de mi madre en la derecha y el mío en la izquierda. En el día a día, en la mesa el hombre preside la cabecera y a su derecha la mujer. La derecha es el lugar de honor y estos son algunos de los códigos protocolares que aprecio. El detalle de los bombones de chocolate, siempre me encanto, es de los pocos hoteles que mantienen aún esta tradición. Al meterme en la cama, sentí el frío de las sabanas e igual que cuando era un niño y vivía protegido. Eros se fue a dormir a su cojín con el escudo del Ritz, al lado de la chimenea de mármol, que tiene una tapa protectora delicadamente pintada en estilo florentino: es un príncipe.

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Desayunamos en nuestro salón para compartir éste momento tan importante con Eros. Leímos los periódicos y salimos a pasear. Al volver, subimos los cinco pisos por las escaleras hasta la habitación. Limpié a Eros con toallitas, lo dejo impecable, en casa lo hago con una mezcla de agua templada y vinagre de manzana ecológica cada vez que entramos. Me agrada cuidarlo, cuidarme y que me atiendan. Por ejemplo, a la hora del té, una costumbre muy arraigada en mi familia y que el Ritz sabe celebrarlo a lo grande, estuvimos disfrutando, y en compañía de Eros, en el vestíbulo de su tradicional afternoon tea (p/p 32 €). Los scons son un imprescindible ¡me encantan! Un par de años atrás, encontré allí a Vicente del Bosque, no sabía quién era, típico de mí. En el Libro de Oro del hotel figura lo más granado de la sociedad. Se nota que el hotel es un sitio ideal para aquellos que valoran la discreción.

Ahora el Ritz se rejuvenece. La fachada recobrará su estado original. El director general, el argentino Christian Tavelli, ha puesto en marcha la restauración y los trabajos de conservación de su fachada histórica para devolverla al estado en el que fue concebida originalmente. La Terraza y Jardín en primavera florecerán como lo hicieron en 1910. Son dos espacios únicos en Madrid, ambos conforman un oasis de referencia gastronómica y elegancia atemporal, visitarla es como irse de viaje a París. Una vez almorcé allí justo al lado del escritor Paulo Coelho, es una de las tantas instantáneas que vuelven a mi memoria cuando voy. Iremos con Eros.
Ritz MadridDespués de tomar un riquísimo chocolate artesano con churros (p/p 9,70- 12,50 €), hicimos el check-out. Es aquí donde descubrí algo que desconocía, se nota que hasta ahora nunca me había hospedado en el Ritz. En 1915 un famoso pastelero madrileño, Mariano Gil, decidió crear un dulce inspirado en la violeta, una flor pequeña y aromática que se da de forma natural en el norte de la ciudad. Comenzó cristalizando los pétalos de las flores naturales para finalmente crear un pequeño caramelo con la forma, el sabor y el olor de una violeta. Pronto, se convirtió en el dulce de moda en Madrid. Era un hecho conocido que el rey Alfonso XIII solía visitar su pequeña tienda, en la Plaza de Canalejas 6, para comprar los que se convirtieron en los caramelos favoritos de la reina Victoria Eugenia de Battenberg.

Ritz MadridCon el tiempo, las violetas han pasado a ser pequeñas representantes del sabor del Madrid más castizo y la encantadora tienda La Violeta es un lugar de paso obligado para madrileños y visitantes en busca de un detalle representativo. En la cálida recepción, un espacio acogedor, de maderas nobles y con un cuadro histórico, el Ritz nos despidió con unas pequeñas cajas de violetas, para que la partida sea dulce y tengamos un recuerdo con sabor a Madrid. Ahora, en mi silencioso hogar junto a Eros y con mi madre en Buenos Aires, cierro los ojos y, como si se tratara de un dulce mágico, su textura, aroma y sabor me transportan hasta nuestro inolvidable fin de semana en el Ritz.