Roma, el perfume divino: Primer día

Columnata de Bernini, Vaticano.

Goethe emprendió su viaje a Italia en el otoño de 1786, a los treinta y siete años. Son otros tiempos, yo empecé a visitarla desde muy joven y ya he cumplido los cuarenta. Esta vez, ilusionado, quizás como él, cuando llegó para la fiesta de todos los Santos, llego a bordo de Vueling.

Pasado el otoño, la estación preferidas de los romanos, hicimos Madrid- Barcelona y de allí hasta Roma. Este último trayecto nos llevo 1 hora y 45 minutos. El vuelo fue fantástico, Eros lo llevó muy bien. Paseamos  un poco con él por las afueras del aeropuerto de Fuimicino y un coche (60€) nos llevó hasta el hotel Casa Howard Capo le Casa (Vía di Capo le Casa 18, H 220€). Tardamos una hora y 15 minutos.

Bandera de la Orden de Malta.
Bandera de la Orden de Malta.

Estoy en Roma con mi madre, a quien venero y admiro, y con Eros. Su compañía hace que esta visita sea mejor de lo que me imaginaba. Estoy viviendo un presente que a cada minuto se me hace un milagro. Es tanta la belleza que no creo poder abarcarla toda aunque la conozca de otras veces. Qué buen gusto se ve en todas partes. Con mi madre me siento como huésped de su casa. Como ella, si supiera más de arte, historia e italiano disfrutaría más de Roma. La vida de mi madre y nuestra familia en Roma es de larga data. Ella no había vuelto desde hace 24 años, vivió aquí y disfrutó de lo mejor de la Ciudad Eterna desde pequeña, cuando mi abuelo era Embajador de la Argentina y de la Soberana Orden de Malta ante la Santa Sede.

En Roma se ata toda la historia del mundo, y celebro un segundo día de nacimiento, sí; un verdadero Renacimiento, el día que entré en ella. Goethe, Roma 3/12/1786.

No estamos en una residencia diplomática pero Casa Howard está muy bien ubicada, a dos calles de Plaza España y es como estar en una casa romana. Entrar y salir sin ver a nadie es lo que necesitaba por unos días. Todo está impecable y es muy tranquilo. Salimos a pasear. A la hora de cenar, mi madre se quedó con Eros. Había que irse pronto a la cama. Mucho queda aún que contar. Mañana nos espera un día importante. De todos modos, crucé a cenar al restaurante Enosteria (Via di Capo le Case 53, 0669923644). El lugar y la carta tienen muy buena pinta. Acerté con mi elección, tomé varios antipasti como el carciofo alla Giuda (alcachofas), tabla de quesos de la región de Umbria, mozzarella di Bufala y un Tellus Falesco (55€).

Vaticano.
Vaticano.

A las 7 am pasa a recogernos un chófer para llevarnos al Vaticano. Llueve. Siguiendo el protocolo, mi madre va de negro. Llegamos hasta la puerta de Santa Ana, donde teníamos que estar a las 8. Paseamos.  Allí el jefe de seguridad nos identificó al llegar, corroboró nuestros nombres en la lista para ser recibidos en el Besamanos del Papa. El Santo Padre había aceptado que acudiera con Eros. La guardia suiza, el ejército privado del Pontífice, la policía vaticana y el equipo de seguridad de Francisco no daban crédito. ¡Un perro estaba entrando en el Vaticano! A medida que vamos avanzando, por las aéreas reservadas de San Pedro, los agentes de seguridad comunican la presencia de Eros para que no detengan nuestro paso. Fuimos conducidos por un guardia hasta la zona reservada para el Besamanos.

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Francisco.

Sin el fasto de otros papados, durante la Audiencia General, miles de peregrinos del mundo entero escuchamos las palabras del Santo Padre en la Sala Pablo VI. Yo estaba feliz al ver a mi madre aquí. Ella recibió en privado la Primera Comunión de la mano de Pío XII en la Capilla Sixtina y, años después, fue recibida por Pablo VI. Con devoción, había vivido desde pequeña esta Santa casa, ella irradia la alegría de una niña. Yo estoy sobrexcitado, como le pasó a Goethe cuando vio su primer Tiziano. Es mi primer contacto con un Papa y con mi perro. Me siento muy afortunado.

Durante la audiencia, seguí de cerca con mis ojos y con el objetivo de mi cámara cada movimiento y gesto del Papa. Estaba y estoy absolutamente agradecido por tener la oportunidad de sentir su energía y descubrir su amor por el mundo entero. A medida que el Papa se aproximaba a nosotros, Eros se sentía también emocionado. El Papa Francisco se alegró al verlo, extendió sus brazos para saludarlo. Le pedí que por favor lo bendijera. El Santo Padre posó su mano derecha sobre la cabeza de Eros. Este breve encuentro lo comparo con el primer amor, que nunca se olvida. Lo tengo presente, rezo por él.

Estaba tan emocionado que mis piernas me temblaban. Mientras nos retirábamos, muchos se hicieron fotos con Eros y me preguntaban asombrados cómo hice para que me dejaran entrar con él.

Le hice llegar mi pregunta al Papa, sobre si podía acudir con mi perro, y el respondió que sí.

Me ha llevado meses querer compartir esta experiencia. Soy adicto a los perfumes que he capturado en Roma y no soy capaz de conservarlos solo para mí. Siento adicción por ellos en cuerpo y alma como Goethe sentía por Tischbein, su compañero de viaje. Guardo tanto respeto a mi madre y a los míos que no ha sido fácil hacerlo. Sin más, quiero conservar, con este post, el recuerdo de este día tan feliz.

Con Roma más impresa en mi alma, paseamos con mi madre y Eros entre las columnas y la plaza de San Pedro. Nos fuimos a comer al restorante al 34 (Via Mario dei Fiori, menú a partir de 40€). Es un clásico al que acuden preferentemente los romanos. Elegimos alcachofas, le encantaban a mi abuela, pasta fresca rellena de hongos… Esta primera comida la regamos con un Syrah 2013 de la bodega Tellus. Después, cómo no iba a pedirme un tiramisú: ¡me apasiona! Todo estuvo exquisito. Paseamos por Via dei Condotti, Via del Corso y sus callejuelas.

Un perfume único, inolvidable.
Un perfume único, inolvidable.

Hice una parada en Santa María Novella (Via delle Carrozze, 87), de aquí es el jabón del hotel Casa Howard. Podría dejar aquí mi nariz. Las creaciones de esta farmacia de la Orden de los Dominicos eran las preferidas de los Medici. Su pureza me cautiva. Esta vez elegí su clásica Acqua di Colonia y el aceite esencial de jazmín para poner en casa (35,50€). Hablando de flores, en la escalinata de Plaza España no había hortensias. En compensación, apenas había turismo, tuvimos suerte. Subimos la scalinata (escalera). Mi madre visitó la puerta del que era su colegio, que está pegado a la iglesia Della Trinita dei Monti. Para ver la iglesia, que la están reformando, nos turnamos para quedarnos afuera con Eros.

Al bajar las escaleras, sin querer parecerme a un personaje de la “Divina Comedia” de Dante, me tenté en Acqua di Parma (Piazza di Spagna, 27). Eros se revuelca por el suelo, desearía que lo hiciera solo en sitios así y no en el parque donde hay pises. Esta tienda es fantástica. Al salir, un puesto de castañas. Los aromas se potencian. Pasamos por la mítica boutique de Gucci de Via dei Condotti 8 (groma@it.gucci.com) de camino a Caffè Greco 1760, un clásico con más de 250 años (Via Condotti, 86, +39 066791700). Mientras mi madre tomaba su café, me quedé paseando porque los perros no son bienvenidos. Tenores y sopranos cantaban en Via Frattina. Disfruto.

Para mí, Roma huele a perfumes. Via delle Carrozze, 67 es otra tentación. Aquí está Antonio Visconti. Me quedaría a pasar el día. La alquimia de este nariz crea auténticas joyas (120- 750€). De todas ellas, me quedo con Bois de Gayac. Conversé con su hija, Nicoletta Visconti. Tiene varios buldog francés y Eros se embriagó con su dulzura. Regresando al hotel, tomamos un té rodeados de querubines, caballos, dioses, emperadores y papas en Canova Tadolini (Via del Babuino). Este es un antiguo taller de escultura, de él conservan los moldes de escayola.

Adoquines de Plaza España.
Adoquines de Plaza España.

Se ha puesto a llover. Mi madre es coqueta y se ha quedado en el hotel. Yo me voy a un Spa, mi espalada necesita una reforma. El día aún no ha acabado y tengo más planes previstos para todos. Dice mi madre que siempre he sido así, me gusta estar haciendo cosas todo el tiempo.

Después de la lluvia, el suelo adoquinado de Piazza di Spagna brilla. El olor que deja la lluvia me atrae, parece que todo vuelve a comenzar.  Dimos un paseo con Eros y lo dejé en la habitación de Casa Howard. Con mi madre nos fuimos a celebrar este primer día al Hotel Edén, uno de los hoteles de Roma donde se hospedaban mis queridos abuelos. Como siempre, al despedirme le di un premio. Vestidos para la ocasión, tenemos reservada una mesa en el restaurante La Terrazza dell´Eden. Las mejores vistas de Roma y una estrella Michelin nos esperan.  Continuará.