Salzburgo, Escenario del Mundo: Primer día

Foto: Bilck vom Mönchsberg

Nieva. Traspasamos las puertas del Sacher. Nos espera Mozart, el lujo que tanto apreciaba el genio y paisajes de película. Por primera vez, descubrimos el estilo de vida más top de Salzburgo. Esta crónica no es un encargo, es una sinfonía dog friendly realizada para ser compartida contigo.

Monumento a Mozart.
Monumento a Mozart.

Salzburgo está nevada, parece una bola de cristal. El escenario lo conforman obras del medioevo, barroco y contemporáneo, estilos que conviven en armonía. Es notable comprobar que fue una ciudad muy poderosa. Las minas de sal de Dürnberg, “el oro blanco¨, satisfizo todos los caprichos en una época que fue un bien muy codiciado. Mozart es uno de sus hijos pródigos. Siglos después, Sonrisas y Lagrimas acercó al mundo su belleza. Es tradicional y a la vez innovadora. En los próximos cinco días, con Eros, combinaremos la atmósfera urbana y la naturaleza. Es un destino idílico y vamos a descubrir su cara dog friendly. Antes de explorarla, cito a su hijo predilecto y la opinión que tuvo el poeta Georg Trakl, que la consideró la ciudad más bella del mundo.

“Toda la belleza que he visto en otros lugares me parece poca en comparación con la hermosura celestial de la naturaleza de Salzburgo. “ Wolfgang Amadeus Mozart.

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Stephan Balkenhol, Sphaera (2007).

A pesar de que residan muy pocas personas, 1.500 habitantes, tiene hasta un teatro con su propia compañía, un lujo absoluto. Hay espacio para cúpulas encebolladas e instalación de la controvertida y cotizada María Abramovich. El contraste es asombroso, potente y moderno, como sigue siendo Mozart. La costumbre es caminar y utilizar la bicicleta. Por aquí comentan que no hay mal tiempo sino ropa inadecuada, de hecho, los lugareños hacen la misma vida haga el tiempo que haga. Para el día a día, es importante tener en cuenta que el efectivo es lo que se utiliza.

Al fondo, en amarillo, el museo Mozarts Geburtshaus.
Al fondo, en amarillo Schönbrunn , el museo Mozarts Geburtshaus.
Bell boy del hotel Sacher con la tarta "Original Sacher-Torte".
Bell boy del hotel Sacher con la tarta “Original Sacher-Torte”.

Sin más preámbulos y respetando la etiqueta, como estamos en la Europa civilizada, Eros también disfrutará conmigo de lo mejor de Salzburgo. Nos hospedamos en el Sacher. Estamos en el mejor hotel y el más lujoso del Norte de los Alpes. Como Mozart, amo el lujo. El Sacher está entre la tradición y la modernidad, tiene historia y lo último en tecnología. Aquí todo es fácil, cómodo. Su fundadora, Anna Sacher, tuvo varios bulldog, era toda una anfitriona, y los perros son muy bienvenidos. Llegamos a la suite, el esplendor es fresco: ¿estamos en el cielo? La luz es magnífica. Todo está vestido de toile de jouy en rojo. Como si me conocieran, este es uno de mis estampados favoritos. La decoración la firma el reconocido Pierre-Yves Rochon, él hizo varios hoteles de lujo importantes, uno de ellos, el Monte Carlo Bay Resort −un verano, para acudir a la boda de una íntima amiga mía, recibí la participación de la difunta princesa Antonieta de Mónaco, pasé allí unos días y me encantó como lo decoró−.

Nuestra Junior Suite.
Junior Suite.
Baño de la suite.
Mi baño por unos días.
Eros comiendo en la suite junior del Sacher Salzburg.
Eros comiendo en la suite junior del Sacher Salzburg.

Junto a un ventanal, Eros tiene una cesta de mimbre con cojín, manta y toalla del hotel especial para perros, tres platos de comida casera y bowl con agua mineral. Si no se quiere viajar con más peso, bajo petición previa, el hotel puede encargar comida a Rupp Muhle. Con orientación Sur, nuestra habitación con terraza tiene las mejores vistas de Salzburgo, veo el río y toda la parte antigua de la ciudad. Recibo de bienvenida rosas blancas, comida recién hecha para Eros, dulces y fruta. Descubro que además me han regalado una joya. La envuelve un celofán. Lo retiro, desanudando la cinta con los colores de la bandera de Austria. Es cuadrada y oscura como la noche. Su aroma me conquista. Me tiento. La cojo. La muerdo. Es esponjosa, húmeda, de chocolate negro y lleva el sello Sacher. Es la tarta Original Sacher Würfel, la más rica que he comido en mi vida, y es toda una institución en Austria. Aunque no tenga una memoria prodigiosa, creo que no me olvidaré jamás de su sabor.

Casa natal de Mozart.
Casa natal de Mozart.

Como si esto fuera una obertura religiosa, deshago con mimo nuestro equipaje. Pongo a Mozart en toda la suite, lo interpreta María Joa Pires. Sin cerrar lo ojos, hasta ahora, es lo más cerca que me he sentido del genio. Estamos en la ciudad de la música clásica, cuna natal de Wolfgang Amadeus Mozart y donde se celebra el prestigioso festival de Salzburgo (en 2015 vendió 28,64 millones de euros en entradas). Aún no me lo creo. La historia aquí se siente, se ve, se lee, se oye, se huele y se saborea. Mirando por la ventana, arriba está la fortaleza. Siento que Salzburgo me está ofreciendo una interpretación privada.

Vistas desde nuestra suite.
Vistas desde nuestra suite.

Este territorio fue de los príncipes-arzobispos. Para ellos la caza era un signo de distinción y los perros están muy presentes en la historia del país. En 1803 Napoleón la anexionó a Austria. Hace 250 años un evento ocurrido aquí cambió la historia de la cultura en el mundo, el 27 de enero de 1756 nació Wolfgang Amadeus Mozart. Y como ser sensible que era, cómo “Wolfi” no iba a tener un perro. Pimperl, una terrier, fue la mascota de los Mozart en Salzburgo, era el quinto miembro de la familia y todos se ocupaban de ella. Tuvieron otro en Viena.

Pido a recepción que, por favor, me retiren la gran televisión, no la veo y prefiero disfrutar de la belleza de la decoración. Me abrigo bien. El viento helado de los Alpes mata el Don Giovanni que me poseía antes: ¡menos mal! Aquí todo se percibe en orden y equilibrio. Dirigidos por esta mágica batuta, no por la rígida y obsoleta de Herbert von Karajan, pasamos por la que era su casa natal, paseamos junto al río Salzach.

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Die Piedad, Anna Chromy.

En esta primera parte de nuestra obertura, el escenario está cubierto de nieve. Al aire libre, contemplamos doce obras de arte contemporáneo expuestas por la Salzburg Fundation. Es realmente increíble estar paseando y encontrar expuestas obras de: Anselm Kiefer, Mario Merz, Marina Abramovic, Markus Lüpertz, James Turrell, Stephan Balkenhol, Anthony Cragg, Christian Boltanski, Jaume Plensa, Erwin Wurm, Manfred Wakolbinger y Brigitte Kowanz. Este virtuosismo invita a la interpretación individual, aunque hagan varios grados bajo cero. Es todo un camino de Arte Moderno. Me fascina el amarillo Schönbrunn de las casas, es el color característico del palacio de Viena. A los que vengan con perro, tened en cuenta que en el centro histórico no hay dispensador de bolsas para recoger los excrementos.

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Erwin Wurm, Gurken (2011).
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Nuestro cartel “I´m in the room” (estoy en la habitación).

Me voy a cenar pronto. Eros se sube a un sofá, pongo la manta de huellas de perro del hotel. Tiene cara de pícaro, me recuerda a Papageno, y me hace reír. Dejo en la puerta un cartel “I´m in the room” (estoy en la habitación) con la foto de “Ella”, una fox terrier igual a la que tuvo la gran dama, Anna Sacher. En el restaurante, donde después de cada concierto o representación en el Landestheater acuden a cenar aficionados a la música, disfruto de recetas tradicionales y culmino con un apple strudel, sublime, y licor de melocotón, un clásico muy delicioso.

Con Haydn y J.S. Bach, abro las cortinas. No hay más lugar en mí para tanto gozo. El reflejo de la araña, las lámparas y la ciudad iluminada incrementa este rico espacio, el nuestro por dos noches. Bajo al mínimo el dímer. Ahora la luz es tenue. La atmósfera se torna aún más cálida. La cama es blanca, está abierta y suntuosamente almidonada. Me han dejado unos chocolates sobre el mármol de la mesa de noche. La temperatura es perfecta. Eros ya está dormido en su cama, tiene cara de felicidad. Huele a rosas. Empecé a desnudarme, solo me falta un amor con quien compartir este principado. En estos casos, no sé qué hacían los príncipes arzobispos pero yo me conformaré con los chocolates del Sacher. Me acuesto. Estoy inmerso en “El mundo de ayer” de Stefan Zweig, el gran escritor de Salzburgo. Me quedo dormido. Continuará.

Eros feliz.
Eros feliz.