Axel Munthe, el médico de moda que amó a los perros

Eros en Villa San Michele, Capri.

Este sueco fue uno de los médicos más reconocidos de Europa a principios del siglo XX. Lo descubrí con Eros en Capri. Fue íntimo amigo de la reina Victoria de Suecia y adoraba a los animales.

Axel Mu
Axel Munthe con sus perros en Capri.

Desde mi visita con Eros a la isla, en casa escuchamos los pájaros que él protegió. El CD fue grabado en la reserva que creó, es una magnífica grabación (CD “The birds of Villa San Michele”; 20€). He leído su autobiografía (Ed. Juventud 18€). Fue un ser humano ejemplar. El pasado 6 de junio fue el Día Nacional de Suecia y volví a leer el libro. Admiro a Munthe y le dedico este pequeñísimo homenaje. Su maravillosa vida, publicada en el año 1929 y traducida a más de 45 idiomas, tiene la siguiente dedicatoria del protagonista.

A S. M. LA REINA DE SUECIA, protectora de los animales maltratados y amiga de todos los perros. Axel Munthe.

“La Historia de San Michele” es la autobiografía de Axel Munthe (1857-1949) y compré este libro en la librería esta villa en la isla de Capri. Es un testimonio de humanidad incomparable, lo he disfrutado muchísimo. Como creo que no es fácil dar con él, os cuento la historia de su primer perro. Me cautivó enormemente.

En el mirador de Villa San Michele, la esfinge contempla el Golfo de Nápoles y al puerto de Capri.
En el mirador de Villa San Michele, la esfinge contempla el Golfo de Nápoles y al puerto de Capri.

Raras veces he leído en mi vida algo más emocionante. Tiene estilo, gracia, humor, conocimiento del mundo, mezclado con esa extraña sencilles de pensamiento que es con frecuencia atributo del genio”. R. B. Cunninghame Graham, The Observer.

El doctor se encontraba en Heidelberg (Alemanía) cuando un cachorro de basset se precipitó sobre él. Le lamió la cara. En este momento tan tierno, Munthe desveló su secreto, siempre había anhelado tener  poseer un pequeño Waldmann. Estaba casi sin dinero, al momento lo compró y se lo llevo al hotel Victoria, donde se hospedaba. Le puso el nombre de Tom. Al día siguiente, pago la cuenta y el extra por algo que hizo el basset en la alfombra. Tome un tren a Suecia. Como no llevaba bozal, tuvo que abandonar el vagón y debía dejar allí a Waldmann. No pensaba hacerlo.  Pudo entrar en otro furgón pagando unos francos, allí se escondieron.  El viaje continuaba en barco hasta Estocolmo. Estaba prohibida la exportación de canes, debido a varios casos de rabia en Alemania. Gracias a sus contactos y pagando, se hizo con un camarote para ambos.

Escultura de Axel Munthe con uno de sus fieles compañeros en la ciudad Oskarshamn (Suecia).
Escultura de Axel Munthe con uno de sus fieles compañeros en la ciudad Oskarshamn (Suecia).

En su casa de la Avenue de Villiers, Mamsell Ágata, una extraña empleada del hogar que heredo de la familia y quién temió hasta antes de que ella se marchara, odiaba al perro. En cambio Rosalía, la cocinera, lo adoraba. Tom acompañaba al doctor en sus visitas. En París, los domingos paseaban por el Bosque de Bolonia. Refiriéndose a estos paseos dice, “Los perros, como los hombres, deben oler de vez en cuando la madre tierra para mantener alta la moral.”. Y a continuación, “…disfrutando entre ambos de la recíproca compañía…”.  Siempre ayudaba a todo el mundo. Le pidieron que por favor atendiera al vizconde Maurice, era un hombre malhumorado.

Llevo a Tom. Lo dejo en el vestíbulo. Mientras el doctor estaba ocupado, escuchó abajo un aullido desesperado de un perro. Bajó tan rápido como pudo. Tom estaba sangrando por la boca. El vizconde Maurice lo pateaba con furia. Muthe se lanzó sobre él, lo tumbo, y le asestó un golpe. Cogió a Tom en brazos y se fue. El desenlace lo cuenta el doctor “…el pobre can sufría de graves lesiones internas. Lo velé toda la noche; su respiración se hacía cada vez más difícil y la hemorragia no cesaba. Por la mañana maté de un tiro de revólver a mi fiel amigo, para ahorrarle otros sufrimientos.”.

Después, por su agresión, tuvo que batirse a duelo con el vizconde y salió ileso. Como él mismo decía, vivía sin miedo, confiaba en la vida. Más tarde tuvo a un pastor alemán llamado Gorm, un Fox-terrier, a Barbarrosa, Tapio y Jallash entre otros tantos peludos que vivían con el doctor en la elegante Villa San Michele.  Sus últimos siete años los vivió como invitado en el Palacio Real de Estocolmo y la villa la dejó en herencia al estado sueco.

Es preciso destinar un sitio de preferencia a La historia de San Michele entre las autobiografías clásicas”. New York Herald.