Innsbruck, la capital de los Alpes, 6

Fotos: David Suárez Fernández.
All images are under copyright © David Suárez Fernández.
En la montaña me acompañaron The North Face, Colmar, Dior y Montblanc.

A 2.000 metros de altura Eros y yo jugamos con otros perros. El camino alpino Zirbenweg es azul. El oxígeno puro ensancha mis pulmones y la vista se vuelve poderosa, casi como la del águila tirolesa. Me siento ligero, voy equipado con lo último en ropa y calzado técnico para la montaña. Con Eva Staudinger, montañera experta de Innsbruck Tourismus, recorremos un sendero de piedras, hay pinos cembros por todos lados. Disfrutamos del silencio. Desde aquí arriba la panorámica de los Alpes, de Innsbruck y del valle del río Inn deja con la boca abierta a cualquiera y en cualquier época. Según las hipótesis, siglos atrás, Aníbal transitó por aquí con su ejército. Como atestigua Polibio (historiador griego): Aníbal se sirvió de este bello espectáculo, único recurso que le quedaba, para quitar el miedo a los soldados. Contemplando esta inmensidad, el paisaje no debe distar tanto del que vio él y su ejército. Sin estrategia ni elefantes, nosotros hicimos un itinerario de placer. Eros iba el primero, menudo general más audaz tengo. Motivado, me animé a seguirle haciendo un poco de trail running. Eso fue el 15 de septiembre del año pasado. No me olvidaré de esa sensación de libertad y de contacto con la naturaleza que sentimos aquel día.

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Vista del valle del río Inn desde Zirbenweg.

Hambrientos, pero no derrotados, con todo mi equipo, comimos en Das Schutzhaus, el mejor albergue alpino de estas cumbres desde 1887. Eva se encargó de pedir los platos tradicionales que más me atrajeron, pan tirolés y cervezas. Las raciones son grandes, me quedo con el caldo con bola de patata con queso y espinacas y, de postre, los diferentes strudel (40€ p/p). A mí no me gusta dormir siesta, y menos perderme horas de luz en Innsbruck, para los que sí la necesitan, este chalet también ofrece alojamiento.

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Brindando por Innsbruck en una de las mesas de Das Schutzhaus.

Después de nuestra comida de montaña, bajamos en el teleférico. En la cabina, Eros jugó con el perro de una mujer que, en 13 años, hizo 430 montañas de Innsbruck con su anterior perra. A llegar, nos espera un coche con chófer. Con él, visitamos el pueblo de Igls, auténtica granja alpina a 900 metros de altitud. Una plaza con árboles frutales perfuma el juego de unos niños rubios. Caminamos por la calle, los coches pasan con cuidado y respetan la distancia de seguridad e incluso se detienen para dejarnos paso.

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En el teleférico Patscherkofelbahn con Eros y su nuevo amigo. Todos los que viajaban lo pasaron en grande.

Me llama la atención una tienda ubicada en una casa tirolesa, entramos a Kunstwerkstall. Todos los productos son bio y artesanales de la región, calzado de colores, cerámicas pintadas a mano (peras y manzanas), jabones y almohadones con lavanda para hacer el sueño más bucólico.

Con el coche, en pocos minutos, llegamos al Castillo de Ambras. El tercer hijo del rey se casó con la hija de un rico banquero, la unión fue aprobada por el emperador a cambio de discreción. Él creó lujo para ella. Hablamos del archiduque Ferdinand II (1529-1595), un auténtico soberano renacentista, un mecenas de las artes y las ciencias. En este escenario situado sobre una colina, donde se alojó el amor, abrazo árboles centenarios y hago yoga. Aquí Eros no puede ir sin correa pero, para la fotos, David le quitó la correa.

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Meditando en la postura de la tabla o la plancha, en sanscrito, Utthita Chaturanga Dandasana, mientras Eros quiere seguir jugando conmigo.

Por último, visitamos Gruenwalderhof, hotel y restaurante ubicado en la residencia del conde Thurn und Taxis, una de las familias nobles más importantes de Europa y una de las mayores fortunas de Alemania. Me quedo atontado mirando un cuadro de la princesa a caballo con sus perros.

En la ciudad, cenamos en Ottoburg. El restaurante más antiguo de Innsbruck se aloja en una fortaleza del 1494 y es una institución de cocina tradicional. Por su puesto, Eros estuvo a mi lado. Se portó genial, con todo lo que vivimos hoy, durmió a mi lado sobre el banco tirolés de madera, encima de una servilleta. Al lado de la catedral, tomamos una copa rodeados de velas en Dom Café —hay muy buen ambiente. Antes de dormir, damos un paseo por el parque junto al Teatro Nacional del Tirol. Abrí la cama blanca, esa noche escribí mi último sueño en Austria. Regresamos a España al día siguiente. El próximo jueves te contaré los detalles de la despedida de la Joya de los Alpes.