Oslo: La primavera del planeta, 1

 

Sobrevolamos el manto nevado de Dinamarca y Suecia, el Mar Báltico y nos dirigimos a Oslo; vamos con Eros en la cabina de Lufthansa, haciendo la ruta Madrid-Múnich. Descendemos, no se ven más que pinos: ¡qué maravilla! Qué ilusión, hasta ahora no había viajado tan al norte de Europa. La Ciudad del Fiordo antes pertenecía a un país pobre y unido a Suecia hasta el año 1905. Por mis venas corre sangre escandinava —Carlos Christiernsson fue mi tatarabuelo paterno (Upsala 1842- 1927 Buenos Aires), ingeniero sueco, descendiente del Rey Carlos VII Knutson, del que desciende casi toda la nobleza sueca, y prócer civil de Argentina— y me emociona estar en Noruega, hoy el segundo país más rico del mundo (detrás de Luxemburgo). Aunque no soy beneficiario de un fondo soberano, Oslo (visitoslo.com) es la anfitriona de Dog Friendly traveler; gracias Noruega por apoyar mi causa: #NoAlAbandono de los perros.

El aeropuerto de Oslo es de los años 90, aún hay países europeos que, en lugar de gastar o endeudarse en algo que ya funciona bien, prefieren mantener lo que tienen e invertir en otras cosas. Siendo el segundo país más rico del mundo, su lógica me agradó. Una policía me ordenó con una sonrisa que metiera a Eros en su transportín hasta salir de esta zona de llegadas. La misma mujer me indicó que debía pasar por el control (zona de color rojo). Presenté el pasaporte de la Comunidad Europea de Eros y su tarjeta con el número del chip. Con un lector, una oficial de aduanas corroboró que los datos de los documentos coinciden con los que lleva Eros en su cuerpo. Realizado este brevísimo trámite, en la misma terminal, caminando por la derecha, llegamos a la terminal de trenes. Está la opción de la línea pública o privada, lo único que las diferencia es la frecuencia horaria, más o menos, ambos pasan cada 15-20 minutos y el estatal tiene más frecuencia.

La emoción de nuestro primer viaje a Noruega.

Esperando nuestro tren, Eros cautivó la atención de una pareja de jubilados noruegos. Ellos viven en el norte del país, el señor es periodista. En inglés, me cuentan que, como estamos llegando al final del verano, en Oslo llegan las corrientes del Golfo de México y la temperatura máxima es de 31°. En cambio, en invierno desciende vertiginosamente hasta menos 17°. Y afirma: no existe el mal tiempo, existe la indumentaria inadecuada. El noruego es un experto en el clima, asegura que siempre tiene la ropa adecuada. El tren tiene Wi-fi, David se conecta para avisarle a su mujer que ha llegado bien.

Los oslenses nos recibieron con simpatía, amabilidad, y mostraron mucho interés por lo que hacemos.

El convoy nos dejó en la Estación Central. Un tigre nos da la bienvenida a Oslo, es de bronce y mide 4,5 m de largo, escultura realizada por Elena Engelsen —es uno de los “habitantes” más fotografiados de la capital—. En lugar de un tranvía o taxi, como las bicicletas son el medio por excelencia en esta ciudad, un chico nos llevó en su bicitaxi o rickshaw hasta The Thief, nuestro hotel, el mejor de la ciudad entre los modernos. Su dueño es uno de los siete hombres más adinerados de Noruega según la revista Fortune. Está ubicado en el barrio de moda. Entramos en Aker Brygge, donde vive la clase adinerada. Gente guapa, todo moderno y perfecto.

El Tigre, Estación Central de Oslo.
Al salir del hotel me encontré con este cuento de luz y vida.
Contemplar el fiordo, un plan irresistible, romántico.
Llegamos a The Thief; no olvidaremos el esfuerzo que hizo nuestro bicitaxi.

Nuestro bicitaxi nos deja en la puerta, entre los canales Tjuvholmen y Oslofjorden. Dentro, obras de arte contemporáneo. El ambiente es intimista, negro; fue decorado por ambientadores noruegos. Un cowboy con su caballo a dos patas están en la recepción, Richard Prince firma esta emocionante fotografía gigante. Detrás hay un pájaro de Jeff Koons. Todas las obras pertenecen a la colección de arte del hotel. Subiremos a la habitación; reservo esta sorpresa y más Oslo para el próximo post.