El universo del sastre Nicolás Zaffora

Fred en Nicolás Zaffora, calle Arroyo 961, Buenos Aires. Fotos: Clara de Estrada

Fue monje, ahora viste a hombres, sin o con clase, elegantes y a los que no lo son aún, tiene un galgo y disfruta de su labor artesanal en Buenos Aires.

En mi reciente visita mi Buenos Aires querido, mi amiga Isabel de Estrada me presentó a Nicolás Zaffora. Él se crió en Azul con sus abuelos, uno sastre y el otro talabartero. Aprendió con ellos la base artesanal. Vivió diez años como monje en un monasterio, hacia las sotanas de sus compañeros. En el 2005, cuando tenía 28 años, colgó los hábitos. A la hora de pensar en trabajar fuera del convento, después de tantos años de obediencia, no le interesaba estar bajo las órdenes de nadie. Lo que sabia hacer era coser. Se compró una maquina pequeña y empezó a arreglarle la ropa a sus amigos. Enseguida fue aprendiz de un buen sastre. Tiempo después, se animó y alquiló un pequeño espacio en el palacio Barolo. En aquel entonces, solo tenía una mesa y su primera maquina de coser. Empezó, de a poco, haciendo trajes a medida. Para acercarme a su universo, entré con Eros y la fotógrafa Clara de Estrada en Arroyo 961 (Club Arroyo). Eros y yo fuimos recibidos por Zaffora y Fred, nombre que le puso al galgo por Fred Aster; este tiene las patas blancas, como las polainas blancas que a veces utilizaba el actor para bailar. Su lomo es gris oscuro. Cuándo le pregunto al sastre, cómo lo ve vestido a su perro, él está convencido de que lleva un chaqué.

Nicolás y Fred en la puerta del Club Arroyo, un exclusivo espacio ideado para el hombre, donde el sastre tiene su taller.

Le pido que me cuente como llegó Fred a su vida. Meses atrás, Zaffora emprendió la búsqueda de un compañero no humano. Se lo hizo saber a Isabel de Estrada, presidenta y fundadora de la Fundación Zorba —ella es todo un referente de buen gusto internacional y protectora de los animales en Argentina, juntos estamos dando forma a un proyecto solidario—. De Estrada tuvo en cuenta el estilo de vida de Zaffora y, con lo ojos cerrados, le aseguró que un galgo sería la elección más acertada. Confiando en nuestra querida experta: ¡Fred encontró un hogar! El sastre siente que, de manera inconsciente y debido a su pasión por lo que hace, atrajo a su vida un ser como Fred, muy estético.

En cuanto a sus estilo, a Zaffora le apasiona reformar el corte, sus técnicas son seculares pero su corte es muy moderno; bien al cuerpo, trabaja con los volúmenes de las personas, con los defectos, asimetrías, la estilización… Sentencia, a la tela hay que saber sortearla y no es fácil. Se inspira en el amor por lo bien hecho, es muy subjetivo y suyo. Asegura que él no podría recurrir a la industria para hacer prendas a medida; debe hacerlo desde el origen, respetando lo sartorial. Declara que, le gusta trabajar en las líneas, busca el gesto al traje, el gesto humano; le pone su humanidad a las arrugas que ve. La prenda a medida está viva, tiene la irregularidad de la imperfección artesanal. En cuanto a la arquitectura de la prenda, arma una escultura exterior, sacando lo mejor y ocultando lo que haya que esconder. Para entallarle la prenda y darle movimiento, a cada cliente le hace balances y proporciones, estudia sus líneas y por último crea la identidad de la prenda; siempre buscando la masculinidad.

Fred, todo un caballero en el salón de la sastrería de su padre humano.

Aunque trabaje en Buenos Aires, donde escasean las telas de lujo, tiene la exclusividad de Cerruti y no le falta Scaval (100 hasta más de 8.000 dólares el metro). La cualidad de las telas varían, desde la media estación a verano, utiliza lana fría (merino torcionada hacia la izquierda y es más aspera), moir (es más fresca y brilla un poco más, se arruga menos, ideal para viajar). Fred duerme en dos cojines tapizados con dos cortes de impermeable en Príncipe de Gales, un clásico. Le encanta el cine de la Edad de Oro y se fija en Clark Gable, según él, el actor transmitía una clase impresionante. Concluye, el estilo es lo que saca uno de si mismo y la elegancia tiene que ver con lo impecable; ambos suelen chocar bastante. Algunos encuentran el punto gusto y otros no, sentencia el sastre. Tanto es así que, parece que Zaffora resuelve la imagen de algunos afortunados del Hemisferio Sur del Planeta. Por el sigilo sacramental propio de los sastres, la lista de clientes es hermética, privada. Fred los irá conociendo a todos, por lo pronto, Zaffora me revela que los suyos son políticos, empresarios y financieros. He utilizado un par de prendas suyas y me han encantado, tengo pendiente hacerle algún encargo (proceso: elección genero, tomar medidas, pruebas con el molde, correcciones y en menos de 35 días la prenda estará lista) en el futuro cuando regrese a Buenos Aires.

Durante mi visita, vivo momentos llenos de ternura como este, donde Fred apoya una de sus patas en mí.

Volviendo a Fred, me interesé por su experiencia de vivir en Buenos Aires con perro, una metropolis llena de parques de gran belleza. Solo hay que educar a la gente, afirma que eso tal vez ayudará a que podamos entrar a todos lados con ellos. Doy fe que, las calles de Buenos Aires suelen estar muy sucias, debido a que no se recogen siempre las cacas y a todo lo que tira la gente al suelo. A la hora de tomarse un respiro con su compañero, elige The Shelter (cerveza artesanal, sándwiches y rico café), La Rambla y Le Pain Quotidian. Para cuidar la salud de Fred, lo protege con una pastilla de desparasitación interna y la pipeta. Sale juntos cuatro veces por día. En el taller, Fred se echa a dormir en el chester. Sin duda, es un perro con clase, lo he visto prolijo y, además, es muy tierno. Por último, me encantó ver los felices que son, un hombre y un hijo no humano adoptado, gracias a la labor de Isabel de Estrada. Zaffora, Fred y Fundación Zorba: ¡gracias por compartir vuestra historia!