Oslo: La primavera del planeta, 5

Una foto inolvidable junto al "Niño enfadado", obra en bronce de Adolf Gustav Vigeland. Polo HACKETT, gafas DIOR y reloj MONTBLANC. Fotos: David Suárez Fernández.

Estamos en la ciudad de la naturaleza. La tendencia no son los coches de lujo sino las bicicletas de diseño artesanal. Tomaremos el aperitivo en un bar trendy dedicado a los ciclistas. En Oslo, hasta la abejas están de moda, prolifera la apicultura urbana. Recorreremos parques llenos de vida. Móntate, síguenos de cerca.

Mirando el Tour de France en Rouleur.
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Segunda tarde en Oslo, European Green Capital 2019. Ponemos rumbo al barrio de St. Hanshauge; desde el Palacio Real, donde estábamos, a 1.8 km, hacia al norte y próximo al barrio de Grünerløkka. Para un rápido aperitivo, tengo elegido un sitio muy original creado por Alexander Kloster-Jensen, productor, músico y compositor noruego. Rouleur, el meeting spot de los aventureros que exploran Nordmarka, ruta para hacer en bicicleta a las afueras de Oslo; al parecer, es única en el mundo. En este café también alquilan bicis high-end de FARA cycling, la marca artesanal noruega por excelencia (calle Ullevålsveien 16ª; Rosl.no; alquiler, 88€/ 24hs). Detrás de la barra está el taller de reparaciones. La ambientación es escandinava. Miro unos segundos el Tour de France, que se proyecta en la pared. A su ritmo, un hombre repara una bici y atiende en la barra. Espero. Tiempo después, me sirve un vino francés —el dueño es un apasionado de los caldos franceses y tiene una oferta interesante— y lo acompaño con algo de picoteo (26,50 €). Este también es un sitio para disfrutar de un tour de cafés traídos desde Holanda o Kenia (café y tarta casera, 8 €). Me entraron ganas de montar en bicicleta, pruebo una negra de carbono (pvp, 3.000 €). Di solo una vuelta. Como no he traído una mochila especial para llevar Eros, él se quedó con David —el maravilloso fotógrafo que ha registrado los mejores momentos de este viaje—.

Recompenso a Eros con un paseo de 30 minutos hasta el parque Vigeland. Veo que las casas tienen jardines frondosos. Mi guía de Visit Oslo me contó que, como hay tanta naturaleza, la apicultura urbana está en pleno auge. Existen jardines disponibles para alquilar y colocar panales de abejas; lo pagan con miel, de 2 a 3 kg por año es lo que cuestan. Cada panal puede llegar a obtener hasta 30 kg al año. Hay pocos vehículos, el viento y las abundantes zonas verdes aseguran miel de calidad, sin aditivos y 100% natural. En primavera es más clara y suave, luego se torna más densa y amarga.

La belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma. Henrik johan Ibsen

Tengo muchas ganas de conocer el parque Vigeland, el más famoso de Noruega. De camino hacia allí, me atrae la barbería Barberer, espacio grande y revestido de cemento y con solo una sillón —no había visto nada igual— (afeitado y corte, 43€ a 86€). Paseando por la calle Josefines Gate, donde las casas son estupendas, conocemos a Thomas, un empresario sueco, creador de una marca de suplementos para deportistas. Él vive en St. Hanshauge con su cachorro de Pomerania y le fascina Oslo.

Encuentro con la ternura en Josefines Gate.

Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana. Henrik johan Ibsen

Figuras en la puertas de hierro de acceso al parque Vigeland.

15 minutos después, entramos al parque Frognerparken, donde está el parque Vigeland. De los 454 km2 de superficie que tiene Oslo, dos tercios son de espacios verdes, muchos parques y bosques están protegidos. Es evidente, estamos en en la ciudad de la naturaleza. Aquí los perros y sus familias lo pasan en grande. Veo dos Galgos Rusos; me acerco rápido con Eros a saludarlos: ¡me fascinan! Cantan los pájaros, el sol es amable y unos músicos se suman dando vida a sus instrumentos de cuerda. Intento no perderme detalles de las esculturas, son 200. Están dedicadas a la vida cotidiana. Llaman la atención las que evocan la paternidad; a mediados del año 1900 no era habitual verla representada en el arte. Hay momentos muy tiernos. El artista Adolf Gustav Vigeland (1869- 1943) quiso destacar con ellas que los padres también quieren y adoran a los hijos tanto como las mujeres.

Padre jugando con el niño, una de las 200 esculturas de Adolf Gustav Vigeland instaladas en el Parque de las esculturas .
Mi momento imperial, adoro el Galgo ruso o Borzoi; la raza de los Zares. Yo no desconfío de ellos.

Son casi las 17 hs; la luz es tan brillante como la de esta mañana. Haremos la foto de rigor con el “Niño enfadado” (“Sinnataggen” en noruego). Ahí está: ¡ya lo veo! A mi derecha y sobre el puente Vigeland. Me emocionó. Para estar a su misma altura, se me ocurre sentarme en la barandilla. Lo hago sin mirar; la piedra tiene un corte en arista, y no es porosa, sino resbaladiza. Tengo a Eros en brazos. Pierdo el equilibrio, casi caemos hacia atrás; hay una caída de 4 metros sobre un canal de piedra. Recuerdo que me quedé helado como el bronce de la escultura. No pude evitar pensar por un segundo que, y en un parque dedicado a la vida, estuve muy cerca de acabar con la vida de mi hijo no humano y la mía. Pero entonces, como me encontraba en la ciudad más feliz del mundo —así lo afirma el World Happiness Report 2017— bajé, besé a Eros y sonreí agradecido para la foto que ilustra la portada de este post.

Tengo más cosas interesantes para contarte. En el próximo post, conocerás los beneficios que tienen los padres y las madres en Noruega e historias de perros ocurridas al pie del trampolín olímpico de Holmenkollen.