Querido Hotel Ritz, yo también soy fan vuestro

Sobre mi asiento de terciopelo azul, rodeado de damascos de seda y, detrás, el baldaquino, y maderas nobles crean una atmósfera monárquica; yo sostengo un reino, el de mi Papá. Fotos: Christian Oliva-Vélez.

Esta es la primera vez que Papá escribe por mí para agradeceros vuestra hospitalidad. 

Esta mañana, Papá dijo una palabra que me vuelve loco de alegría: Ritz. Sé que esa palabra nos llevará al lugar más bonito de Madrid. Horas después, estamos en la plaza de Neptuno. Baja la ventanilla del coche. Canta el agua, huelo el lujo y vienen a mi memoria humanos que hacen feliz a Papá, y a mi también. Alzo la mirada y compruebo que estamos llegando a nuestro lugar preferido en el mundo; Papá lo llama, Hotel Ritz (Plaza de la Lealtad, 5; mandarinoriental.es). Lo miro, él es todo para mí. Le lleno la cara de besos. Está emocionado, siempre que venimos, lo veo muy feliz. Al llegar, salen a recibirnos, me acarician con delicadeza y me llaman por mi nombre. Saludan a Papá con la mano y repiten “señor Oliva-Vélez”, no me acostumbro, para mí es Papá.

Vistas a la Plaza de la Lealtad desde nuestra suite.
Esperando a que abra nuestro cuarto, qué ganas de disfrutarlo.

Estamos en un pequeño espacio, huele a madera noble, Papá lo llama recepción; sé que aquí no encontraré ni un palo. Estoy impaciente, con ganas de revolcarme en las alfombras; una característica única, no he probado nada más glorioso en el mundo; Papá dice que son de la Real Fábrica de Tapices. Subimos. Lo miro, está siempre atento a esa cosa negra que lleva en la mano y que suena seguido. Quiero entrar ya. Voy directo a buscar mi cama, esta es la única casa que la llena de premios. Papá suele decirme que, sobre ella, escriben “Eros” con huesos de colores.  —No puedes comerlos, estás a dieta estricta. Sentencia Papá.— Alfombra, como el mejor parque del mundo, sábanas y toallas que me acarician, sofá y cama para dormir (Suite Junior, 302); no me olvidaré de aquel otro lugar magnífico donde estuvimos con Abuela (Suite Deluxe). Todo es tan elegante. Aquí sí que me siento el embajador de los perros, estoy en la gloria. —Eros, estamos en la Belle Époque. — Esa palabra tampoco la entiendo pero muevo el rabo. Lo contento que él está, aquí se relaja, le desaparecen esas arrugas de preocupación de la frente y tiene más tiempo para jugar conmigo. Me revuelco; acaba de rociarme otra vez con ese perfume que huele a lima, albahaca y mandarina (Dug and Bitch) y yo prefiero oler a mí.

Posando para Papá en este exclusivo parque de alfombras de la Real Fábrica de Tapices.

Vamos a pasear. “Pasear” es de mis palabras preferidas. Me muevo más que un tren de felicidad. Estamos en un parque inmenso, mi nariz baila de alegría, huelo ardillas, piñas, castaños, patos, tierra, palomitas de maíz y demás bocados prohibidos; Papá no me deja coger nada y yo veo a todo el mundo llevándose algo a la boca. Si me tiento, enseguida debo soltarlo cuando él me dice “no”. Dejo mensajes de que estoy Madrid, en todos los árboles que puedo; quizás algún amigo o amiga pase por aquí y se alegre.

Compartir foto no es lo mío, prefiero mirar a cámara cuando estoy solo (Paseo de la Argentina).

Más tarde, en el cuarto de baño, me limpia y, en mis almohadillas, me da un masaje con una manteca de karité con tomillo, riquísima. Abre el grifo. No, él me bañó esta mañana y ahora otra vez. No, por favor, salgo corriendo. Miro, es Papá quien se mete en el agua. Menos mal, me he librado. Lo espero mirando por la ventana. Desde otro aparato, suena una música que me hace soñar; él dice que es el Prelude in B Minor, BWV 855a de Bach, versión de Alexander Siloti, e interpretado por James Rhodes. Imposible enterarme de tanto pero la pieza la disfruto. Alguien se aproxima, lo huelo, le doy el aviso a Papá y él abre la puerta a una señora. Ella es muy cariñosa. Abre la cama. Conversan entre ellos y, como han dicho Eros, me siento y presto atención. La señora se podría quedar a jugar conmigo pero se marcha, qué pena. Papá se viste y también se va, que manía de estar haciendo cosas de día y de noche. Rocía mi cama con agua de lavanda orgánica (Sleep No.1 de Dug and Bitch, tested on humans), el perfume de esa flor me invita a relajarme. Y, como acostumbra, antes de irse, me da un premio. Él ahora no está y, entonces, me subo a su cama. Lo que se está perdiendo, esta cama es comodísima y sus sábanas huelen muy rico, qué suavidad. Este perfume, el del lujo es: ¡fascinante! Lo echo mucho de menos. Pienso, si me necesita no estoy a su lado para ayudarlo. Igualmente, como me quiere mucho, Papá siempre regresa.

Aprovecho cualquier oportunidad para que me rasque.
Agua de lavanada orgánica, Sleep No. 1 de la escocesa DUG AND BITCH, tested on humans. (testeada en humanos).

El sol del amanecer despierta mis sentidos. Hace un día magnífico. Damos una vuelta. Volvemos. Llaman a la puerta. Me coge en brazos. Desde lo alto, veo un espectáculo delicioso, una mesa llena de cosas ricas se deslizada hasta la ventana. Hay chocolate caliente con churros; reconozco el olor porque Papá come chocolate todos los días y dice que es veneno para los perros. Ya sé de qué va este juego, nada es para mí. Él me prepara mi bowl, lo mío huele mejor que lo de aquella mesa. Me relamo. Tomo agua, qué rica.

El desayuno de Papá, el ritual que más le gusta.
La Bolsa de Madrid, seis columnas magníficas que Papá no me dejó tampoco marcar.
En la Bolsa de Madrid, haciendo lo que a Papá tanto le gusta, que mire a cámara.

Qué bien, salimos otra vez. Ahora estamos en una sala blanca, chicas muy simpáticas vienen a darme mimos. Papá está hablándole a una esponja (micrófono de la cadena Cope; haz clic AQUÍ y escucha la entrevista). La verdad, cómo aburrirme con esta vida de perro. Luego come con una amiga en una calle calurosa y llena de olores. Pasamos una tarde muy agradable en la cama. Papá mira con atención un bloque de papeles. Vaya, después de un rato de relajación, se pone a hacer el equipaje. Otra vez, y ahora, a dónde nos vamos. No entiendo por qué dejamos el Hotel Ritz; no he ladrado, ensuciado o roto nada, soy un buen perro. Podríamos quedarnos aquí, a vivir. Nos despedimos de todos. Él da las gracias y yo lo hago a mi manera, acercando a todos mi nariz. Aunque no me quiera marchar, nadie parece darse cuenta. En fin, como soy la sombra del señor Oliva-Vélez, yo también me subo a un coche.

Texto y fotos: Christian Oliva-Vélez