Piñas, un peligro para los que juegan con ellas

Eros y las piñas; por desconocimiento, yo le enseñé a disfrutar con ellas. Foto: David Suárez Fernández.

Son muy atractivas y a veces están a mano, son fáciles de destruir pero, el día menos pensado, el perro decide tragarse varios trozos y surge un problema de salud muy serio.

Tal y como avanzo, hablaré del caso de Eros. Sucedió una tarde de verano, practicando senderismo por un pinar en Castilla y León. Desde que yo le enseñé de cachorro a jugar con piñas, cuando ve una, se pone muy contento y me mira. Papá, por favor: ¡lánzamela! Es lo que dice su mirada y todo su cuerpo. Con una amiga y su hija, una Spaniel Bretón, llegamos al bosque, estaba lleno de piñas. —Esta es una de las tantas palabras que él aprendió y reconoce.— Como de costumbre, le lancé varias. Eros corre feliz. —Papá no me hace caso, está hablando con su amiga sin parar, y esto me pone ansioso, intento llamar su atención y le muestro cómo destruyo las piñas que me lanza pero, no consigo nada; pienso que esta situación fue lo que le llevó a Eros a hacer algo que nunca antes había hecho, él es un experto jugando con piñas—. El atardecer fue fatídico.

Con la llegada del otoño, el pinar se convierte en un terreno de juego irresistible (con piñas).

El juego es una parte fundamental en la educación del perro, lo integrará a la sociedad y definirá su carácter para toda la vida.

Aquel fatídico día.

El astro, en fucsia incandescente, se enterró en el Campo Charro y regresamos a casa. Con mi amiga, conversamos durante toda la ruta y descuidé a Eros. En la madrugada del 1 de agosto, me despertó un ruido muy fuerte. Corrí al salón. Encontré un vómito de Eros lleno de trozos de piñas. Volvió a vomitar. Me siento fatal, es lo que él me comunicó con su mirada inquietante. Lo abracé y le dije que todo iría bien, que lo quería mucho. Pensé que lo había echado todo fuera y que estaría bien. Lo acosté conmigo pero se fue de mi lado enseguida —no me resultó muy extraño por que ambos no somos de estar pegados—. Esta vez, Eros estaba incómodo. Se acercaba a la puerta de la casa. Entendí que quería salir, eran las 5 am. Salimos. No hizo nada. Estaba raro, era evidente. Más tarde, vomitó sangre y dos veces. Nunca olvidaré su mirada, de dolor, muy triste. Por él, mantuve la calma. Me comuniqué con Trinidad Mateos García, su veterinaria de Salamanca, y lo llevé a Cevesa (cevesa.net; calle Alfonso de Castro 26, bajo; +34 923 253 283/ 696 924 955). Eros llegó deshidratado. Tuvo que quedarse para que le colocaran una vía con suero y medicamentos inyectables. Lo dejé en muy buenas manos. Lloré. El mundo se me vino encima, él es todo para mí. Como suele suceder, me sentí culpable.

Eros durante la ecografía.
Ecógrafo.

Estaba muy preocupado, la salud de Eros podía mejorar o empeorar y yo no podía hacer nada por él. Necesitaba tranquilizarme y, como no quería interrumpir a la veterinaria, llamé a mi amigo Javier Birlanga (Profesor de la Universidad Alfonso X el Sabio, responsable del “Departamento de Hospitalización y Urgencias de H.CV” y de la asignatura de “Urgencias y Soporte Vital”; uno de los veterinarios más respetados en España). Él se comunicó con la veterinaria que estaba tratando a Eros. Birlanga me tranquilizó, lo adoro y siempre le estaré muy agradecido. Por 48 horas no pudo comer ni beber agua, contaba con la hidratación recibida por el suero. El mismo día, le hicieron una ecografía. Eros tenía el colón inflamado y el aparato digestivo lleno de gases. Si hubieran quedado objetos extraños (piña) en su organismo y, en el caso de no expulsarlos de forma natural, el protocolo a seguir podría ser la intervención quirúrgica. Por suerte, no quedaron rastros de piña en su organismo. Esto fue un alivio inmenso para todos. Mi hijo no humano estuvo en observación dos días. Yo estaba tranquilo, seguro de que todo iría bien pero, aún así, lo pasé mal, muy mal. Me sentía desolado, lo eche muchísimo de menos. Siguió un día más con inyecciones y, durante quince días, continuó con la medicación por vía oral.

Comida húmeda de Eros, servida en el cuarto de baño de nuestra suite del Hotel Ritz.

Para recuperarse, Mateos García me recomendó además una dieta especial. Los primeros días solo comió dieta húmeda (en lata) y, poco a poco, fue pasando a la versión en pienso. Tanto sus medicamentos como las dosis recomendadas de alimento las he llevado ha rajatabla; su comida la controlé con su bowl, tiene báscula incorporada y es de la firma china Petkit. Las visitas a la consulta fueron continuas, menos mal que Eros adora a Trinidad. A la semana, Eros volvió a ser el de antes. Yo empecé a alegrarme. Él me pedía correr por el campo, fue duro, pero debía seguir las indicaciones de Mateos García y darle paseos cortos, sin mucha actividad. El diagnóstico continuaba siendo reservado. Durante los 28 días que duró todo este proceso, he tenido alguna que otra pesadilla (que perdía a Eros) y he dormido muy poco. Con el permiso de la veterinaria, pudimos viajar a Madrid; me entrevistaban en la Cadena Cope y nos hospedamos en el Hotel Ritz.

En la puerta de nuestra suite del Hotel Ritz, se nota que Eros no quiere dejar su hotel preferido.

Así transcurrió todo el mes de agosto. El lunes 28 le hicieron la última ecografía. ¡Eros está recuperado! Mateos García le dio el alta —valoro como trabaja, su empatía y ver que Eros la adora—. Ahora sí puedo dormir. De esta horrible experiencia aprendí que, no se puede jugar con piñas, tampoco con palos y jamás con piedras: ¡son elementos muy peligrosos! Como nos pasó a nosotros, nunca se sabe el día que nuestro hijo no humano decide darse un banquete y, menos aún, con algo que pensábamos que era un juguete natural e inofensivo y, justo en ese instante que no estamos pendientes, sucede lo inevitable.

Eros en la sala de espera de la veterinaria, le tocaba su segunda y última ecografía.

Los perros necesitan morder por naturaleza. Al masticar se crean endorfinas en el cerebro, las cuales brindan una sensación de calma y le ayudan a relajarse.

Asta de ciervo de la casa Farm Food.

Ahora que Eros está sano, de forma progresiva, volverá a su dieta habitual; estoy mezclando su alimento del tratamiento con su pienso, el acostumbrado. Además, rocío sus croquetas con aceite de salmón puro y, cada mañana, recibe su ración de zanahoria y manzana. El día que le dieron el alta, regresamos a casa muy felices. Por su diagnóstico reservado, llevaba 28 días sin poder morder huesos y solo tenía sus juguetes de goma. Como los perros necesitan morder por naturaleza, le hice un regalo. Entonces, le devolví sus huesos y le compré un asta de ciervo de la holandesa Farm Food; un cepillo de dientes natural 100%, rico en minerales. Cada primavera, los ciervos mudan de forma natural sus astas; se les caen solas cada año. Estas astas las recoge esta marca y, gracias a ella, el perro se hace con un cepillo de dientes que, al parecer, es estupendo (5,50 €). En fin, por favor, recuerda, nada de piñas, palos y piedras; los perros solo pueden jugar con juguetes de marcas fiables y morder huesos crudos (en proporción a su tamaño y bajo nuestra vigilancia) y astas de ciervo.

Texto y fotos: Christian Oliva-Vélez/ David Suárez Fernández