Bajo el cielo de París, 2

Fotos: David Suárez Fernández.

Lo que ves, podría ser un instante en el cabaret del Folies-Bergère. Es un avance de nuestra auténtica noche Bobó. Te la pinto.

Eros con el artista Manuel Cancel y junto a su obra.

Con Eros y la botella de vino, cojo un taxi hasta la casa-estudio del pintor Manuel Cancel (bajada de bandera 2.50€; tengo Wi-Fi en el taxi). Cancel (1951) es un artista argentino y París, su ciudad adoptiva. Tengo obra suya y conozco su trabajo desde hace más de dos décadas. No soy el único que tiene pinturas y dibujos suyos, de hecho, el poderoso monsieur Landau es su marchante; vende obra de los artistas más cotizados. Asimismo, el estudio del legendario decorador Alberto Pinto recibió el encargo de decorar el aeropuerto privado del Emir de Qatar y allí hay dos cuadros de gran formato de sus pastos. Su universo me encanta, es poesía de la Pampa. Por su infancia, el campo argentino es recurrente en su obra; pero también hay Everglades, Menorca y animales acuáticos. Apreciando su último trabajo, me imagino a Eros dando saltos por ahí y descansando en sus sombras. El apartamento tiene mucho encanto —parece que está al borde del mar —. Pinceles secándose, una paleta rica de verdes, recuerdos de familia y jazz. La atmósfera invita a conversar. Manuel pone la mesa elegante —no hay como comer con cubiertos de plata, cristalería, porcelana fina, mantel y servilletas de hilo—. Cenamos. Friego los platos. Mi amigo posa con Eros junto a sus últimas obras, “Luguria 1” y “Luguria 2”. La noche es joven y regresamos al barrio del Marais.

Eros y los pastos de Manuel Cancel.
Una cena informal, pero enriquecida para la ocasión.

La música expresa todo aquello que no puede decirse con palabras y no puede quedar en el silencio. Víctor Hugo

Uno de los empleados del restaurador Xavier Denamur; propietario de este bistró y de media docena en el barrio como Les Philosophes y La Belle Hortense.

Mansiones, el auténtico París duerme tras esas paredes grises, y la farolas dan luz calida a nuestro paseo; que parece estar marcado por una partitura de Puccini. Pasamos por el museo Carnavalet y llegamos a la place de Voges (el acceso a los perros está denegado). Solo nos cruzamos con familias de judíos —en este barrio reside la comunidad más grande del mundo—. Velas en los restaurantes, gente disfrutando. Entro con Eros en el centenario bistró Au Petit Fer A Cheval (30 rue Vieille du Temple); es un sitio auténtico. Canta Stevie Wonder. En el pequeño bar —haciendo honor a su nombre, la barra es de mármol y tiene forma de herradura—, pido al camarero (de look hipster) un vaso de coñac (4cl, 8 €). Frente a la barra, un espejo antiguo. Por otro lado, un viejo teléfono y un cartel de cabaret; parece pintado por Toulouse Lautrec. El suelo es sinuoso, está revestido con mosaicos. No he tomado ajenjo pero esta atmósfera me traslada a los óleos de Édouard Manet. Sin mi sombrero de copa, inglés y de seda, lo que veo en el espejo me remite a la vida bohemia. Beber no me hace nada bien y me marchita como a ‘Mimi’, pero este Hennessy está buenísimo. Desde esta perspectiva, conversó con un chef y su pareja; son de Boston, se acaban de casar y están de viaje gastronómico. Enfrente, entramos en La Belle Hortense (31 rue Vieille du Temple). Otro de mis preferidos, vinos y libros; una dirección Bobó (bourgeois bohème). Atrapa. Termina “Under Pressure” de David Bowie y nos vamos.

Rue de Sévigné y el museo Carnavalet.
Pasándolo regio: vive la France!
Un clásico de la editorial PENGUIN. La recreación del mito de la bella y la bestia, uno de los monumentos de la literatura francesa. “Notre-Dame de París” de Víctor Hugo, una historia inmortal, me acompañó durante este viaje.

Después de mi momento parisino, ya en la habitación, limpio a Eros. Ahora, duerme feliz en el sofá, entre almohadas y sábanas blancas. Mi cama está abierta, antes de meterme, sigo disfrutando de mi noche en el Dupond-Smith. Pongo a Patrick Bruel, me recuerda a mi juventud viajando por Francia. Me preparo un baño en la bañera huevo. Canto. Me siento todo un burgués bohemio. Reviso el plan para mañana. Tomo notas de lo vivido hoy. Miro por la ventana, con el aria “Addio”, interpretada por Victoria de los Ángeles, me despido de esta vista nocturna. 2:30 am, cierro el libro “Notre-Dame de París” de Víctor Hugo (Ed. Literatura Random House). Apago la vela y las luces de mi clima lírico y romántico. Voy a escribir un nuevo sueño —ahora sí, echo de menos tener una pareja para hacer el amor—. Mon cher Eros duerme como un angelito. Como canta Bruel en “J’te l’dis quand même”, yo tampoco encuentro un estribillo para nuestra historia pero, de todos modos, le digo, te quiero mucho, merci, gracias por este día. El próximo jueves te contaré nuestro segundo día. Quasimodo nos estará mirando, tengo cita en un salón hipster en la Île Saint-Louis, cambiaremos de hotel, de barrio, y comeremos en el sitio de moda. Estate atento.

Ha sido un día largo, llevo 15 horas despierto, voy a darme un baño en mi suite del hotel DUPOND-SMITH.
Me relajo con Patrick Bruel. Perfuma mi baño, ‘Replica’, de la MAISON MARTIN MARGIELA.

Texto: Christian Oliva-Vélez
Fotos: David Suárez Fernández