Bajo el cielo de París, el final de mi crónica

En la terraza del Café de la Paix, una institución parisina. Gafas BOSS Jersey TOMMY HILFIGER Collar MASCOBOUTIQUE. Fotos: David Suárez Fernández.

Desde mi cama en París, contemplo las buhardillas de estilo haussmaniano. Paris c’ est Paris, afirma mi madre cuando la llamo para saludarla; ella vivía la Ciudad de la Luz desde el Ritz, nosotros, desde Le Pradey. Hoy volvemos a Madrid pero antes, disfrutaremos hasta el último minuto de una de las ciudades más bonitas del mundo.

Eros sigue durmiendo debajo de una nube en París. Sea o no escritor, me sentaría para recordar, con las teclas de mi Mac, cada detalle de este amanecer sobre el escritorio de Hermès de la junior suite. Después de un breve paseo, desayuno en el espacio abovedado de piedra del hotel Le Pradey, Eros me acompaña a mis pies (5 Rue Saint-Roch; +33 (0)1 42 60 31 70; Lepradey.com; desde 149 €).

Las buhardillas de París. En la bohemia, en este patrimonio de zinc, se recluían escritores como Hemingway; entonces eran pobres y felices.
Sobriedad. Elegancia. Discreción. Así se viste la fachada de Le Pradey.

Sin demora, salimos a encontrarnos con París. Las primeras horas del día son las mejores —los demás turistas, que no se hospedan en el centro, aún no han llegado—. Residentes y trabajadores perfuman el elegante distrito 1. Jugamos, sin correa, por los Jardines del Louvre. Un tigre mata a un cocodrilo. Les dan la espalda las históricas sillas verdes del Jardín de las Tullerías, aún están frías.

Como si fuera la primera vez, y como un niño, accedemos al Palais-Royal. El bosque de columnas de rayas grises y negras, los soberbios soportales, las flores y las lujosas residencias invitan a repasar su historia; Molière en el teatro de la Comédie Française, el Cardenal Richelieu, los Duques de Orléans, las Galeries de Bois, el libertinaje que retrata Balzac en “Les Illusions Perdues”, el Café de Foy y los revolucionarios del siglo XVIII. Este lugar me emociona. Junto a la fuente, han puesto nuevas sillas en versión dúo.

Aunque lleve cuatro días trabajando non-stop, con muy pocas horas de sueño, París me hace sonreír.
Qué bien trabaja. Retrato en el royal Cour d’Honneur, sentado en una controversial e icónica Columna de Buren. Las piezas de la instalación fueron creadas en 1986 por el artista conceptual Daniel Buren.

Al salir del palacio, un curioso Lebrel Afgano se fija en Eros desde la librería Delamain (155 Rue Saint Honoré). A partir de finales del siglo XIX, la hegemonía del lujo para perros la firma Goyard (goyard.com). En el 233 de la misma calle, me enseñan la “Voltigeur Bag”, su nueva creación; este transportín de alto vuelo, con el monograma de la casa, es para perros de hasta 6 kg.

Me empeño terriblemente en adorar la libertad libre. Arthur Rimbau

“La Opéra”, sin más.

Oh la la! Ahora tengo enfrente la Ópera Garnier. En la terraza del Café de la Paix, una institución parisina, tomo un té y pido Evian para Eros; en el salón donde acudía Marlene Dietrich, los perros no están permitidos. Atrás dejo el Segundo Imperio. El Boulevard des Capucines es una tentación constante, me dejo caer en la boutique de Montblanc. En la Rue Saint Honoré, nos sentamos en el salón color Moulin Rouge del Hotel Costes —para no incomodar a los presentes, David no disparó—.

El negro, un color muy presente en el estilismo parisino.
Con un rico café, volví a ver las nuevas creaciones de MONTBLANC.
Escaparate de la florería del HOTEL COSTES, donde solo se venden rosas.

Como canta Mistinguett,  C’ est Paris (Esto es París). Con este himno parisino, preparo el equipaje. Agradezco en recepción la atención. Salgo ligero, empujando la maleta Bugaboo Boxer y Eros atado a mi cintura. A dos calles, mirando a las Tullerías, sobre la rue Rivoli, cogimos el metro hasta Chatelet Le Halle con la tarjeta “Paris Visite”. Y, en el andén para tomar el tren al aeropuerto, me encontré con Riad Gauche; un viejo amigo francés que viajaba en el mismo vuelo que nosotros. Nos pusimos al día; como buen francés, adora a los perros. Subimos al tren, en 45 minutos estábamos en el aeropuerto de Charles de Gaulle.

Una gran sonrisa es un bello rostro de gigante. Charles Baudelaire

En el mostrador de facturación de Vueling, acarician a Eros; se interesaron mucho por nuestra causa y apuntaron la dirección del blog. Despegamos. Suspiro como un acordeón. Las azafatas están enamoradas de Eros. Conversamos acerca del proyecto, de la causa #NoAlAbandono de perros. Pido algo para picar. Mientras selecciono las fotos de hoy, siento un dolor punzante y terrible en el ojo izquierdo. Me tragué el grito. Pensé que me había estallado el ojo y que me salía sangre, la sensación fue: ¡espantosa! Parece que, fui más allá de los límites razonables; apenas dormí en cuatro días, solo quería París y más París. Al llegar a la T4, una pareja de suizos se quedó fascinada con Eros. Identificaron enseguida su collar de Thildy Switzerland (a la venta en Mascoboutique.com). Desconocían que se podía volar en la cabina con un perro y, en el momento, se hicieron seguidores de Dogfriendlytraveler.com. Como le comenté a Riad, una de las cosas que disfruto cuando viajamos es poder conocer a otros amantes de los perros, que se interesan por nuestra labor y que después siguen nuestros pasos. Cierro la puerta de casa. —París, qué le has hecho a mi corazón. Estoy triste, necesito más de ti, un poco de esa lluvia y el arco iris que menciona Edith Piaf—. Alimentaré mis recuerdos con “Midnight in Paris”, la película de Woody Allen.

A la columna y a la place Vendôme la miran el hotel Ritz, Chanel, Dior, las gemas más preciadas y, en lo más alto, Napoleón I representado como emperador romano.

Texto: Christian Oliva-Vélez
Fotos: David Suárez Fernández