Una noche en el Mandarin Oriental Barcelona

Eros me hace feliz y, esta vez, ambos nos dimos un homenaje. Yo también necesitaba recibir atenciones.

Maleta dog friendly traveler
Mi maleta.

Era lunes. Me levanté con ganas de Barcelona. Salimos a dar un largo paseo, Eros corría feliz por un parque secreto repleto de hojas secas. Hacía un día estupendo, frío pero con sol, y pensé que sería divertido improvisar un viaje juntos. Así, sin más. Después de llevarlo a que lo revisara su veterinaria de Veter Salud, preparé el equipaje y nos fuimos en un taxi a la T4 (tarifa plana, 30 €). Quizá este tipo de escapadas pueden parecer algo surrealistas, a mí me ha gustado hacerlas siempre, pero era la primera vez con Eros.

Volando con Vueling a Barcelona

Vueling
Con la tripulación de Vueling.

De camino a Barajas, saqué los billetes a través de Vueling. No tardé ni cinco minutos (trayecto de ida, 123,59 € con mascota). Lo mejor hubiese sido coger la primera fila, porque tiene un espacio estupendo para el transportín. Demasiado tarde, no había disponibilidad. Estaba emocionado, viajábamos juntos por primera vez a Barcelona.  Al llegar a la terminal, nos dirigimos a uno de los tantísimos mostradores de Vueling —al ir con perro no puedo reservar asiento ni hacer check-in on-line—. Con Eros en el transportín y debajo de mis piernas, embarcamos en el Airbus 320-200 de Vueling con rumbo a Barcelona. Después de aterrizar, como la tripulación de cabina era atenta, esperé a que bajaran todos los pasajeros y le hice una foto a Eros con las azafatas (no tienen permitido hacerlo durante el vuelo).

Bienvenidos al Mandarin Oriental

Mandarin Oriental Barcelona.
Acceso al hotel.

Es mágico, tres horas después —de aquella idea que tuve en el parque por la mañana—, nos recibían en el Mandarin Oriental. Como llovía, dos portiers con paraguas nos escoltaron hasta la entrada. Estos objetos del hotel son negros y, en su interior, brilla el sol con nubes blancas —¿será un guiño a Magritte?—. Sin mojarnos y como si despegáramos en un jet, accedimos por medio de una rampa al lobbie; del equipaje se encargó un portier. La serenidad, alegría y elegancia me hicieron sentir como si estuviera entrando en la casa de mis abuelos.

Como detalle de bienvenida, me ofrecieron un té exquisito mientras realizaba el check-in. Eros jugó con el equipo de recepción. Nos dirigimos al ascensor con nuestro butler, el señor Hendrik Rouvroy. Los ascensores están revestidos en bronce por dentro y por fuera, parecen una cámara acorazada de un banco.

Suite decorada por Patricia Urquiola

Subimos a la segunda planta. Estuvimos en la zona creada recientemente por Patricia Urquiola. Me hizo mucha ilusión estar allí, porque sabía que las telas que la decoradora utilizó son de Gancedo, una firma amiga a la que adoro.

Con entusiasmo, entramos a la Suite Estudio que me asignaron (52 m²). Mirando sobre Passeig de Gràcia, primero, me senté a limpiarle a Eros las patas con toallitas húmedas. De un salto, inspeccionó los nuevos dominios y bebió del bebedero agua mineral. Hendrik me ofreció traerle comida balanceada o que le podían preparar lo que quisiera en la cocina. Le dije que no hacía falta que se tomaran la molestia ya que, normalmente, no sale de su dieta. También me hizo saber que, en el caso de que surgiera un imprevisto, él me pondría en contacto con un respetado veterinario de Barcelona para que lo atendiera incluso en la habitación.

All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez
All images are under copyright © Christian Oliva-Vélez

Aprecié cada detalle con tranquilidad. Me lavé las manos, los amenities eran de Acqua di Parma. Los techos altos y paneles de cristal opaco aumentaban la sensación de infinito. En el salón, sobre una de las dos coffee tables, una carta de Gérard Sintès (director general del hotel), dándonos la bienvenida junto a unas frutas exquisitas y un lingote de chocolate blanco personalizado con el icónico abanico del Mandarin Oriental bañado en oro. Llevaba orejones y pistachos. ¡Exquisito! Me encontré sobre mi cama otro chocolate. Soy un apasionado del chocolate, era Noir de Fleur d´Oranger de Enric Rovira y, del creador de olores, Darío Sirerol; 60% de cacao con aceite esencial de flor de azahar de Túnez. Me hizo perder la cabeza.

A la derecha, se alzaba un biombo imponente, tapizado y de varias hojas. Ocupaba toda una pared y, por la iluminación que tenía, daba la sensación de que por detrás continuaban nuestros aposentos. Orquídeas sobre el bar, dispuesto de maravilla y con todo tipo de delicias de primeras firmas locales e internacionales. Mientras tanto, con mi permiso, Hendrik puso el código WiFi en mi MacBook Air y conectó a Mozart en el  Bowers & Wilkins.

Las camas eran dos reinos hermanados de algodón blanco. Sobre ellas, unas muestras de la firma de cremas Linda Meredit, que son la elección perfecta para renovarse después de un viaje. A los pies, dos puffs rectangulares en azul. Eros estuvo muy entretenido inspeccionando su nuevo territorio. Hendrik deshizo el equipaje y se llevó para planchar la camisa que utilizaría por la noche (cortesía del hotel). Dejé a Eros y me fui, vestido con un kimono, a nadar en la piscina del Spa. Antes de marcharme, siempre le doy un premio. Él sabe que con este gesto siempre regreso y se quedó tranquilo.

Mandarin Oriental, Barcelona - Spa Pool
Spa Pool del Mandarin Oriental Barcelona.

Nadar en la piscina de agua templada me relajó. Volví a cerrar los ojos, pero esta vez, fuera del agua. Al salir, no quise tentarme en la tienda del hotel. La elección es magnífica, no hace falta ni salir del Mandarin. Incluso las mujeres tienen una tienda de Manolo Blahnik y, en la puerta, a pie de calle, están las firmas Brioni y Tiffany.

Mandarin Oriental, Barcelona.
Eros con su juguete.

Subí a mi habitación, donde cité al fisioterapeuta, Jaume Campderrós (934 874 270, visita/45€). Viajo muy cargado de peso y, como estoy fastidiado, mis cervicales y lumbares se resienten.

Descubrí la cocina del chef del Mar

Por la noche, me encontré con mi madre, que estaba pasando unos días en Barcelona. Cenamos en el BistrEau by Ángel León, lo llaman el Chef del Mar (pone en valor los recursos de la Bahía de Cádiz). Mientras disfrutamos de un momento culinario en el bistró, Eros estuvo entretenido en el cuarto con su dog sitter, Hendrik; a él le entusiasmó el plan. Cenamos muy rico. La carta tiene un diseño muy atractivo, es fresca, mediterránea.

Atenciones de nuestro mayordomo

All images are under copyright © Christian Oliva-VélezLlamé al mayordomo (tengo línea directa con él) y, como todo estaba en orden, me fui con mi madre al Banker´s Bar. Aunque el bar ofrece una amplia carta de cócteles a nosotros nos apetecía agua volcánica y conversar. Es un sitio muy curioso, particular, el edificio fue antes un banco y han conservado varias cajas fuertes originales; que están dispuestas en la pared de la entrada y en el techo. El ambiente es intimista, moderno y elegante. Los miércoles hay música en directo.

Mandarin Oriental Barcelona.
Detalles de chocolate.

 

 

Al llegar a la habitación, como Hendrik estuvo atento a mis gustos, para cerrar la noche más feliz, aun si cabe, me entregó tres chocolates personalizados y rellenos de frutos rojos: ¡deliciosos! Antes de que se marchara, aproveché para pedirle un desayuno a la carta. Antes de acostarnos, dimos un paseo. Nos cruzamos con gente del barrio con sus perros, saludamos a todos y contemplé la Casa Batlló iluminada. Para recoger los excrementos llevé bolsas biodegradables, en el barrio no encontré sanecanes (contenedores de basura con dispensadores de bolsas).

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Jugando.

Regulé la intensidad de luz general con el dimmer. Lo sequé a Eros con el secador de pelo y lo limpié con toallitas. Pulsando un botón, situado en mi mesa de noche y con la figura de un hombrecillo, llamé a Hendrik para que viniera —éste práctico sistema me recordó a la casa de mis abuelos, donde había un timbre en cada espacio para comunicarse con el servicio; nada de estar gritando—. En esta ocasión, necesitaba conectar mi portátil a la televisión para ver una película. Con todos los deseos cumplidos, hasta ahora. Solo me quedé con ganas de conocer la cocina de Carme Ruscalleda en Moments (dos estrellas Michelin), volví a ver la película ‘Un viaje de diez metros’.

Mandarin Oriental Barcelona
Eros y uno de los doorman del hotel.

Dormimos los dos como angelitos, yo debajo del edredón y Eros sobre su cama. El sueño no podía estar mejor protegido que en el Mandarin Oriental. Al despertar, hice mis āsanas sobre la colchoneta de yoga que había en el vestidor. Justo a la hora prevista sonó el timbre. El room service avanzó con una gran mesa de desayuno. Como sucede en los trucos de magia, el camarero fue desvelando los alimentos más importantes del día y, con júbilo, Eros le rogó que le diera algo; recibió un montón de caricias.

Después de mi ritual matutino, que dura dos horas, como estaba muy a gusto, me quedé leyendo y escribiendo sobre la fabulosa mesa diseñada por Patricia Urquiola. Mientras tanto, Eros salió a pasear con un butler del hotel. Gracias al servicio legendario y a la lujosa hospitalidad de Mandarin Oriental (atesora todos los premios y reconocimientos internacionales que una cadena pueda llegar a desear), descansé.

Al partir, todos me felicitaron por lo bien que se había portado Eros, lo bueno y cariñoso que era. Qué orgulloso me siento de mi cachorro.


Texto y fotos: Christian Oliva-Vélez