Despertar en un castillo del siglo XVIII

Hospedarse en un cuarto barroco, auténtico, resulta muy estimulante. Así empezamos un nuevo día en Villa Baulieu.

En el castillo Baulieu dormimos muy bien —será por la energía del cráter donde está situado o por el lujo absoluto—. Aquel nuevo día, abrí los ventanales en estado de meditación. Percibí y aprecié todo lo que vi, escuché, olí y toqué. La calidad de la carpintería de las ventanas es magnífica y están pintadas en verde agua. El Atelier des Remparts ha sido el responsable de devolverle el lustre al heritage de las puertas y ventanas de la casa. Mi paisaje era bellísimo, el jardín francés me alegró con su perfecto diseño, obra de los paisajistas Alep Paysage. Más tarde descubrí que respeta el plano y los límites establecidos en el siglo XVIII. Solo se oía el chorro de la fuente y el canto de los pájaros. Con esta danza de la vida, con Eros, salimos a correr.

Villa Baulieu.
Nuestro cuarto.

Desayuno servido con clase

Más tarde, en l’orangerie (invernadero de naranjos) y mirando a la piscina, me sirvieron mi desayuno francés. La mesa de le petite de jeneur en la villa se pone con porcelana de Limonges, cubertería de plata L´Orfevrier y mantelería de hilo. Soy de los que confirman que, este ritual se disfruta más si es en una mesa bien puesta. La fruta era de estación y de la región, exquisita. La brioche recién hecha con mermelada casera de melocotón fue como el beso del mejor amante. 

Mientras me hice con vitaminas y proteínas para empezar el día, Eros  tomó un baño de sol en el jardín. Mirándolo, me puse a reflexionar. Eros es el dios del amor y Cupido es el dios del deseo amoroso en la mitología romana. Su equivalente en la mitología griega es Eros. Concluí, Villa Baulieu es un domino que nos estaba esperando. De hecho, hasta la fecha, para mí no existe una casa más perfecta. En cualquier caso, no cabe duda de que Eros es un auténtico aristoperro. Se comportó como si conociera el protocolo de una corte, su saber estar asombró a los de la casa, lo adoraron. Él no es el único, a mí también me colmaron de atenciones.


Texto y fotos: Christian Oliva-Vélez